Roma (Italia). El 9 de febrero de 2026 se celebra la memoria litúrgica de la Beata Eusebia Palomino Yenes, Hija de María Auxiliadora, beatificada en Roma por Juan Pablo II el 25 de abril de 2004.

“La oración del humilde atraviesa las nubes” (Sir 35,17). Quizás este sea el motivo que impulsa a tantísimas personas a recurrir a la intercesión de la Beata Sor Eusebia.

Nacida el 15 de diciembre de 1899 en Cantalpino, provincia de Salamanca (España), perteneció a una familia numerosa (fue la tercera de ocho hijos) y muy pobre en recursos, pero rica en fe, en abandono a la divina Providencia y en caridad hacia los necesitados. Eusebia, ya desde pequeña, ayuda como puede a sus padres a encontrar lo necesario para la vida diaria, llegando incluso a acompañar a su padre a pedir limosna.

Ella misma relata en su autobiografía: “A mí me tocó la suerte de ir con él, pues mi madre temía que pudiera pasarle algo y me mandó para que le hiciera compañía, mientras mi madre y mis dos hermanitas rezaban por nosotros para que no nos sucediera nada y la Virgen Santa nos protegiera en todo… Yo disfrutaba mucho; todo me parecía muy hermoso, todo llamaba mi atención: los pájaros, los puentes, los arroyos, el tren que veía por primera vez; en fin, todo era para mí motivo de alegría. Los pueblos, las iglesias, todo me parecía más bello que en mi pueblecito. Las casitas donde ponen las banderas del tren, los guardagujas, los peones camineros, todo me gustaba mucho y le decía a mi padre: ‘¡Cuánto me gustaría vivir en estos lugares contemplando los campos y los pájaros y todas estas cosas que me hacen pensar en Dios!’.”

Eusebia tenía siete años y, hasta el final de su vida, daría testimonio de la bienaventuranza de los limpios de corazón, de los mansos y de los humildes. A los diez años recibió la Primera Comunión y a los once la Confirmación. El encuentro con Jesús Eucaristía fue su alegría: “Cada vez que comulgaba sentía en mi interior una alegría grandísima porque poseía en mi corazón a Jesús… Sentía también en el fondo del corazón que Jesús deseaba que le diera todo mi corazón. Y esto desde el día de mi primera comunión”. Eusebia sabía gozar con la belleza de la naturaleza y con las pequeñas cosas que la vida le ofrecía, pero precisamente por eso supo hacer de su existencia un don para todos.

En el “Decreto super virtutibus” se destaca que “dotada de grandes virtudes, se ganó el elogio de la comunidad, de la gente del lugar y de cuantos la conocían. Unida a Dios, avanzó sin interrupción en la santidad y despertó especial admiración por su humildad, la facilidad con que se hacía toda para todos, su sencillez, su caridad, su profundo espíritu de oración y de sacrificio, su ardor por la salvación de las almas y la educación cristiana de las niñas, su diligente observancia de la Regla y de los votos religiosos”.

Madre Antonia Colombo, octava sucesora de Madre Mazzarello en la guía Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, escribió un mes antes de la beatificación de Sor Eusebia Palomino: “Convertida en FMA, su puesto está en la cocina. Los trabajos más fatigosos le pertenecen. El haberse entregado a Dios madura en ella una disponibilidad total y una absoluta indiferencia por lo que se le pide. Sor Eusebia hace todo con gusto y con alegría. No hay discontinuidad entre trabajo y oración: de su vida se eleva a Dios una  alabanza continua.

Asombra en ella, mujer de poca instrucción, la capacidad de tratar las cosas de Dios. Durante los ejercicios espirituales en preparación a los votos perpetuos, realizados en el noviciado, Sor Eusebia es invitada por la maestra de novicias a dirigir una palabra a la comunidad. ‘Hablaré del amor de Dios’, declara sin vacilar. Entre las presentes, hay una novicia que ha leído las obras de San Juan de la Cruz y de otros insignes autores de teología espiritual. ‘¿Qué podrá decir una cocinera?’, piensa en su interior. Ella misma atestiguará después que hasta ese momento conocía el amor de Dios por los libros, pero nada sabía del amor encarnado, que en cambio traslucía en las palabras y en la existencia de Sor Eusebia. Sí, porque el Señor se revela a los humildes, a los pequeños, y los capacita para alabar y bendecir su nombre, para irradiar la alegría de una vida transfigurada por la experiencia de su presencia reconocida en cada criatura” (Circ. 856 del 24 de marzo de 2004).

En los once años de su vida como FMA (1924 – 1935), Eusebia fue cocinera y ayudante de casa en Valverde del Camino, pero a pesar de su poca instrucción, en el oratorio festivo se ocupaba de las niñas más pequeñas y de las personas más pobres y sencillas. Gregoria Moya, que estuvo muy cerca de la comunidad FMA y fue testigo en el proceso de beatificación de Sor Eusebia, relata que su catequesis despertaba tal admiración que muchas personas acudían movidas por la curiosidad de ver cómo ella, siendo tan humilde, podía comunicar una doctrina tan elevada sobre las verdades sobrenaturales, y añade: “La sierva de Dios era buscada de modo peculiar por las personas más pobres y sencillas, mientras que las más ricas quedaban como desconcertadas ante ella”.

Y Madre Antonia, en la misma Circular, recuerda: “Vive sin complicaciones, lejos de los retraimientos inducidos por sentimientos de inferioridad o por la timidez. Se siente a gusto con las jóvenes, se acerca incluso a los soldados que encuentra, trata con naturalidad incluso a las señoras de clase social elevada que la buscan para oírla hablar de Dios con palabras que llegan a lo más profundo y mueven a la conversión. Es el caso de la noble Dolores Fleming, quien fue la primera en Valverde en descubrir la grandeza de alma de Sor Eusebia, expresada en su trato humanísimo y delicado, en su palabra discreta y mesurada, que también sabe inflamarse y volverse audaz cuando se trata de promover los intereses del reino de Dios”.

La Beata Eusebia enseña y anima a creer que “Dios ensalza a los humildes” y, a través de ellos, cambia de maneras inesperadas la historia.

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