Roma (Italia). El 1° de mayo de 2026, en Italia y en muchas otras naciones, se celebra la Fiesta del Trabajo. En 1955, el Papa Pío XII instituyó en este día la memoria litúrgica de San José Obrero, para ofrecer un modelo de santidad y dignidad en el trabajo cotidiano.

En la espiritualidad salesiana, el binomio trabajo y templanza constituye un “estilo de vida”, afirma Don Luigi Ricceri, sexto Sucesor de Don Bosco, precisando que, según el pensamiento de Don Bosco, “no se trata de dos virtudes separadas o separables: se trata de un todo indisoluble” («Trabajo y templanza» contra el aburguesamiento, octubre de 1974).

“Trabajando nos convertimos más en personas, nuestra humanidad florece, los jóvenes se vuelven adultos”,

se lee en la exhortación apostólica Dilexi Te (n° 115), expresión que el Papa León XIV, en una audiencia a los Representantes del orden de los consultores del trabajo, vincula a la “tutela de la dignidad de la persona”, recordando que “en el centro de cualquier dinámica laboral no se deben poner ni el capital, ni las leyes de mercado, ni el beneficio, sino la persona, la familia y su bien, respecto a los cuales todo lo demás es funcional” (18 de diciembre de 2025).

En la era de la inteligencia artificial, en la que la innovación tecnológica “puede ser una forma de participación en el acto divino de creación” al servicio de lo humano, para “desarrollar sistemas que reflejen justicia, solidaridad y un respeto auténtico por la vida” (Mensaje a los participantes del Builders AI Forum, 6-7 de noviembre de 2025), el trabajo puede volverse cada vez más humanizador o cada vez más alienante. Dependerá de qué visión de la humanidad se quiera expresar y, de reflejo, de la política, de la economía y de la cultura. Por ello, la educación resulta un desafío prioritario, porque puede ser motor de transformación social.

Don Bosco y Madre Mazzarello educaban –como es sabido– “Buenos cristianos y honestos ciudadanos”. El legado del Sistema Preventivo, vivido y traducido en obras de todo tipo, era y es, por tanto, la fuerza de tantos Salesianos e Hijas de María Auxiliadora, especialmente en tierras de misión.

En 1933 Santa María Troncatti (1883 – 1969) – canonizada por el Papa León XIV el 19 de octubre de 2025— escribía a su madre y a sus familiares: “Estos dos últimos meses, abril y mayo, han sido meses de muchísimo trabajo. Ustedes me dirán: pero ¿qué haces para tener tanto trabajo? Aquí en la selva hay que hacer de todo: soy dentista, cirujano, doctora en medicina y farmacéutica, enfermera, etc., y además me ocupo de catequizar”. (Carta 35)

En 1953, escribiendo a los lectores de la revista “Gioventù Missionaria”, afirmaba: “En torno a estas pobres indiecitas se vuelca todo el paciente y asiduo cuidado de las Misioneras para transformarlas poco a poco, después de años y años de trabajo, en criaturas completamente nuevas. Cuando, de hecho, ya adultas, dejan la Misión para formar una familia, no se las reconoce. No solo se presentan bien aseadas, serenas y desenvueltas, instruidas en el catecismo, asiduas a la oración y a los Sacramentos, sino que saben muchas cosas: las más necesarias en la vida doméstica civil: lavar, planchar, coser y remendar la ropa, cocinar, y las más inteligentes, incluso cortar y confeccionar trajes de hombre. Conocen y practican las más elementares normas de etiqueta; sienten su superioridad sobre las demás, y aman ser llamadas señoritas”. (Carta 51)

Como todas las Hijas de María Auxiliadora de cualquier contexto, Sor María sabe que la educación de las mujeres genera una sociedad diferente a través de las familias que estas “criaturas completamente nuevas” formarán. Cuando es posible vivir el trabajo de modo creativo, responsable y digno, la persona puede expresarse a sí misma y realizar su propia vocación, contribuyendo así de modo decisivo a la transformación del mundo.

El Papa León XIV, también en la Dilexi Te, escribe: “La ayuda más importante para una persona pobre es ayudarla a tener un buen trabajo, para que pueda ganarse una vida más acorde a su dignidad desarrollando sus capacidades y ofreciendo su esfuerzo personal”. (n° 115)

En un tiempo de grandes conflictos y de crecientes desequilibrios, el ejemplo humilde y silencioso de tantos misioneros y misioneras testimonia dedicación y gratuidad hasta el heroísmo y el martirio, pero también el compromiso cotidiano de trabajar al lado de los pobres y para ofrecerles posibilidades de redención.

Santa María Troncatti, madre, misionaria y artesana de paz y de reconciliación, es ejemplo de este sabio binomio de trabajo y misión apostólica, anuncio del Evangelio y promoción social, acción y contemplación tan lograda que, en 1965, a los 82 años, escribió: “¡Soy cada vez más feliz de ser misionera!”.

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