Roma (Italia). El 1° de enero de 2026 se celebra la 59ª Jornada Mundial de la Paz, instituida por el Papa Pablo VI en 1968 —al inicio del calendario que mide y describe el camino de la vida humana en el tiempo— con el deseo de “que sea la Paz, con su justo y benéfico equilibrio, la que domine el desarrollo de la historia venidera”.

La intención de Pablo VI, como Iglesia Católica, era “con intención de servicio y de ejemplo”, la de “lanzar la idea” con la esperanza de recoger “no solo el más amplio consenso del mundo civil, sino que tal idea encuentre en todas partes promotores múltiples, hábiles y valientes, capaces de imprimir en la ‘Jornada de la Paz’ (…) ese sincero y fuerte carácter de humanidad consciente y redimida de sus tristes y fatales conflictos bélicos, que sepa dar a la historia del mundo un desarrollo más feliz, ordenado y civil”.

Desde entonces, la invocación de los Papas para obtener la paz continúa elevándose y se ha vuelto, en los últimos años, cada vez más ferviente al constatar el aumento del número y la intensidad de los conflictos locales y regionales, que el Papa Francisco definió como una «tercera guerra mundial a trozos».

“La paz sea con todos vosotros” es el título del primer mensaje entregado por el Papa León XIV – presentado el 18 de diciembre en la Oficina de Prensa del Vaticano— para la Jornada con la que se abre el nuevo año 2026. Son las mismas palabras con las que se presentó al mundo el día de su elección al Pontificado, el 8 de mayo de 2025: “Desde la tarde de mi elección como Obispo de Roma, he querido insertar mi saludo en este anuncio coral. Y deseo reiterarlo: esta es la paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios, Dios que nos ama a todos incondicionalmente”.

Es un mensaje de luz el del Papa León, en el que emerge repetidamente el contraste entre las tinieblas y la luz, porque “ver la luz y creer en ella es necesario para no hundirse en la oscuridad”. Y precisamente porque, al constatar la situación internacional, existe el riesgo de que prevalezca un sentimiento de desconsuelo y desánimo, el Santo Padre alienta a reconocer la luz:

“La paz existe, quiere habitarnos, tiene el suave poder de iluminar y ampliar la inteligencia, resiste a la violencia y la vence. La paz tiene el aliento de lo eterno: mientras al mal se le grita ‘basta’, a la paz se le susurra ‘para siempre’. (…) Lo contrario, es decir, olvidar la luz, es lamentablemente posible: se pierde entonces el realismo, cediendo a una representación del mundo parcial y distorsionada, bajo el signo de las tinieblas y el miedo”.

Con las palabras de San Agustín, anima a “irradiar a su alrededor el calor luminoso”: “Si queréis atraer a los demás a la paz, tenedla vosotros primero; sed vosotros, ante todo, firmes en la paz. Para inflamar a otros debéis tener vosotros, en vuestro interior, la luz encendida. Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca no tenerlo, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en lugar de considerarla lejana e imposible”.

Una paz desarmada

Es inevitable la mención a la carrera armamentista, hacia la cual, al igual que su predecesor, el Papa León ha expresado su firme disenso incluso recientemente en respuesta a los periodistas. El ejemplo al que hace referencia es el del propio Jesús cuando, defendido por Pedro, le ordena volver la espada a la vaina: “La paz de Jesús resucitado es desarmada, porque desarmada fue su lucha, dentro de precisas circunstancias históricas, políticas y sociales. De esta novedad los cristianos deben hacerse, juntos, testigos proféticos, conscientes de las tragedias de las que demasiadas veces han sido cómplices”.

Como ya expresaba San Juan XXIII en la encíclica Pacem in terris, “los seres humanos viven bajo la pesadilla de un huracán que podría estallar en cualquier momento con una violencia inimaginable. Porque las armas están ahí”. Para apoyar esta afirmación, el Santo Padre cita con precisión los datos del gasto militar a nivel mundial, que ha aumentado un 9,4% respecto al año anterior, confirmando la tendencia ininterrumpida de los últimos diez años y alcanzando la cifra de 2.718 mil millones de dólares, es decir, el 2,5% del PIB mundial.

El desafío contra el rearme es también educativo, ya que lamentablemente las políticas, en lugar de promover una “cultura de la memoria que guarde la conciencia madurada en el siglo XX y no olvide a sus millones de víctimas”, a través de los medios de comunicación y los programas educativos “difunden la percepción de amenazas y transmiten una noción meramente armada de la defensa y la seguridad”. Además de denunciar los intereses económicos y financieros de privados que empujan a los Estados hacia políticas de muerte, el Papa exhorta también a favorecer “el despertar de las conciencias y del pensamiento crítico” y a “unir esfuerzos para contribuir mutuamente a una paz desarmante, una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica”.

Una paz desarmante

Aún en la Octava de Navidad, resuena de manera especialmente significativa la apertura de esta sección del Mensaje:

“La bondad es desarmante. Quizás por eso Dios se hizo niño. El misterio de la Encarnación, que tiene su punto de mayor abajamiento en el descenso a los infiernos, comienza en el vientre de una joven madre y se manifiesta en el pesebre de Belén”.

No se trata de un inicio poético y desencantado, sino de un llamado a tomar contacto con la propia humanidad más profunda porque “Nada tiene la capacidad de cambiarnos tanto como un hijo. Y quizás es precisamente el pensamiento en nuestros hijos, en los niños y también en quienes son frágiles como ellos, lo que nos atraviesa el corazón” (cfr. Hch 2,37). No basta entonces con reducir o incluso eliminar los armamentos; es necesario proceder a un desarme integral —concepto introducido primero por San Juan XXIII— a través de “la renovación del corazón y de la inteligencia” y, sobre todo, alimentar la confianza en el ser humano, ya que “la verdadera paz solo se puede construir sobre la confianza mutua”.

“Consideramos que se trata de un objetivo que puede ser alcanzado”, decía el Papa Juan, pero también debe ser deseado. “Un servicio fundamental que las religiones deben prestar a la humanidad sufriente” es vigilar “ante el creciente intento de transformar en armas incluso los pensamientos y las palabras”, además de “cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y culturas” para ser, como comunidad, “casas de paz”: “Hoy más que nunca, de hecho, es necesario mostrar que la paz no es una utopía, mediante una creatividad pastoral atenta y generativa”.

Al término del año jubilar, ante el cierre de la última Puerta Santa el 6 de enero (la de San Pedro, abierta por el Papa Francisco el 24 de diciembre de 2024), el Mensaje termina con el llamado a “motivar y sostener toda iniciativa espiritual, cultural y política que mantenga viva la esperanza, combatiendo la propagación de actitudes fatalistas”, junto a la falta de esperanza y la desconfianza constante sembradas en la sociedad actual:

“Que este sea un fruto del Jubileo de la Esperanza, que ha instado a millones de seres humanos a redescubrirse peregrinos y a iniciar en sí mismos ese desarme del corazón, de la mente y de la vida al que Dios no tardará en responder cumpliendo sus promesas”.

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