Roma (Italia). El 24 de octubre de 2021 se celebra la Jornada Misionera  Mundial con el tema «No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído» (At 4,20). Instituida en el 1926 por el Papa Pio XI, se celebra en todo el mundo cada penúltimo domingo de octubre, mes misionero. En todas las realidades salesianas, el octubre está dedicado a la profundización de testimonios y temáticas misioneras y al compromiso de solidaridad con gestos concretos a favor de las misiones.

Entrevistada, Suor Ruth del Pilar Mora, Consejera para las Misiones del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora y misionera en diversos Países del continente africano, habla de su experiencia a partir del tema de la Jornada 2021.

 “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”: ¿cómo se concreta esta frase en tu vida misionera?

La experiencia de un encuentro verdadero con Jesús es un don que llena nuestro corazón de estupor, de aquella alegría incontenible que no puede más que ser comunicada. En mi vida misionera es ésta la fuente de la que brota la pasión por encontrar a Jesús vivo en el otro en cualquier lugar, hora y condición, con ojos y oídos abiertos a acoger Su presencia en la vida de cada persona, en las alegrías y en los dolores, en los proyectos y en los cansancios al realizarlos.

Esto nos ayuda a vivir en “estado de misión” y se concreta en los gestos de cada día: una sonrisa, una palabra de aliento, una mirada atenta y compasiva, una escucha que fortalece las relaciones, la disponibilidad al perdón recibido y dado, un deseo de caminar juntos en la calle del discipulado y de ser misioneras. Ciertamente, todo esto tiene en la comunidad un lugar constante de aprendizaje, de verificación y de relanzamiento, en el compromiso de testimoniar a Jesús y de anunciarlo con ternura y esperanza.

 “Lo que hemos visto y oído”: ¿qué significado asume en lo específico de la misión FMA, en el reconocimiento hacia los Fundadores y las hermanas pioneras que “nos ayudan a renovar nuestro compromiso bautismal de ser apóstoles generosos y gozosos del Evangelio”?

 Don Bosco y Madre Mazzarello, Fundadores enamorados de un Cristo vivo que se encarna en los rostros de niñas/os pobres, pero que, cargados de sueños, de proyectos que descubrir y acompañar con paciencia y gran pasión, continúan dándonos la capacidad de escuchar a las/los jóvenes, para emprender con ellos caminos que nos permitan interpretar las preguntas cargadas de sentido presentes en los jóvenes de todas las latitudes del mundo.                                                

Pienso que nuestro ponernos al lado y junto a ellos nos permitirá continuar atreviéndonos hasta la temeridad, para recorrer caminos que humanizan, que celebran en la vida cotidiana la riqueza del encuentro con el otro, la alegría de pertenecer a una sola familia

 ¿Qué desafíos misioneros interpelan a las FMA en este momento histórico?

Los desafíos que nos interpelan a las FMA son aquellas que interesan especialmente a las mujeres, las/los niños/as y jóvenes del mundo con sus familias. Pienso en las implicaciones educativo-evangelizadoras que, como Hijas de María Auxiliadora, consagradas educadoras y como Comunidades Educativas, tocan nuestro ser y nuestro actuar ante los grandes temas que el Papa Francisco está confiando a todas/os los que les importa el presente y el futuro de nuestra comunidad humana: la ecología integral y la fraternidad universal, en los cuales reconocer la dignidad de cada ser humano.

En ellos veo horizontes extraordinarios, en los que estar presentes con un “nosotros” mayor, capaces de entretejer relaciones y al mismo tiempo envolver el mundo de atención, ternura y solidaridad. Todo esto vivido en una óptica de procesos y de red, que valorizan los pequeños pasos y crean gradualmente una cultura impregnada de Evangelio.

 La invitación a las FMA y a las Comunidades Educativas.

La invitación, en esta Jornada Misionera Mundial, es la de tener un corazón abierto a la escucha de Jesús que nos llama a salir de nosotros mismos, a hacernos expertas/os de proximidad y compasión en lo cotidiano, a creer que con nuestra vida podemos acrecentar la alegría y la esperanza sin límites. De este modo seremos todas/os discípulas/os misioneras/os, capaces de llevar el fuego del amor de Dios a cada hermano y hermana que Él nos hace encontrar en los caminos del mundo.

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