Nápoles (Italia). El 8 de mayo de 2026, en el 1° aniversario de su elección como Sucesor de Pedro, el Papa León XIV se dirigió en visita a Pompeya y a Nápoles.
“Exactamente hace un año, cuando se me confió el ministerio de Sucesor de Pedro, era precisamente la jornada de la Súplica a la Virgen, ¡esta hermosísima jornada de la Súplica a la Virgen del Santo Rosario de Pompeya! Por lo tanto, debía venir aquí, a poner mi servicio bajo la protección de la Virgen Santa. El haber elegido después el nombre de León me sitúa sobre las huellas de León XIII, quien tuvo, entre otros méritos, también el de haber desarrollado un amplio Magisterio sobre el Santo Rosario. A todo esto se añade la reciente canonización de San Bartolo Longo, apóstol del Rosario”.
Son las palabras con las que motivó su visita en la homilía de la Santa Misa concelebrada ante el Santuario de la Bienaventurada Virgen María del Rosario con Mons. Tommaso Caputo, Prelado de Pompeya y Delegado Pontificio para el Santuario, y con el Cardenal Domenico Battaglia, Arzobispo de Nápoles, ante cientos de fieles.
Desde este lugar de potente intercesión mariana, renovó el llamamiento por la paz: “No podemos resignarnos a las imágenes de muerte que cada día las crónicas nos proponen. Desde este Santuario, cuya fachada San Bartolo Longo concibió como un monumento a la paz, hoy elevamos con fe nuestra Súplica”.
Por la tarde, el Santo Padre llegó a Nápoles donde, en la Catedral de Santa María de la Asunción, se encontró con los Obispos, el clero, los religiosos y las religiosas, entre ellas las Hijas de María Auxiliadora de las diversas comunidades de Nápoles, de la Inspectoría “Madonna del Buon Consiglio” (IMR), que acudieron con alegría y entusiasmo para participar y compartir un momento histórico para la ciudad y para la Iglesia.
Sor Anna Avenia relata las emociones de este encuentro:
La Catedral se transformó en lugar de espera, espacio de esperanza y de comunión para las cientos de consagradas que acogieron al Santo Padre con profunda emoción y vivo sentido de pertenencia a la Iglesia. Con él hemos redescubierto el valor de no temer las dificultades de nuestro tiempo, las fatigas de una sociedad a menudo marcada por cierres, individualismos y por una burocracia fría y distante del hombre.
Las palabras del Card. Mimmo Battaglia atravesaron el corazón de todos como una entrega sencilla y profunda: “Esta es la Iglesia de Nápoles que le acoge: en sus presbíteros que sirven, en la vida consagrada que ilumina, en el pueblo que cree. Frágil, pero viva. Herida, pero en camino. Cansada, a veces, pero nunca apagada”. En estas palabras hemos reconocido el rostro auténtico de una Iglesia que no esconde sus propias fragilidades, sino que continúa caminando sostenida por la fe, capaz de levantarse cada día y de hacerse prójima a los sufrimientos del hombre con la fuerza mansa del Evangelio.
En el rostro del Papa y en las palabras de nuestro Pastor hemos reconocido la invitación a no dejar de habitar las periferias de la existencia con ternura evangélica, transformando la vida consagrada en una presencia discreta pero fecunda, capaz de generar esperanza en las heridas del mundo:
“Nápoles es una ciudad de mil colores, en la que la cultura y las tradiciones del pasado se mezclan con la modernidad y con las innovaciones; es una ciudad en la que la religiosidad popular espontánea y efervescente se entrelaza con numerosas fragilidades sociales y con los múltiples rostros de la pobreza; es una ciudad antigua pero en continuo movimiento, habitada por mucha belleza y al mismo tiempo marcada por tantos sufrimientos e incluso ensangrentada por la violencia. En este contexto, el actuar pastoral está llamado a una continua encarnación del mensaje evangélico, para que la fe cristiana profesada y celebrada no se limite a algún evento emotivo sino que penetre profundamente en el tejido de la vida y de la sociedad”. Exhortó el Papa León dirigiéndose a ellos tras la lectura del pasaje de los discípulos de Emaús, símbolo de su Visita a Nápoles:
“Lo que os pido, pues, es esto: escuchaos, caminad juntos, cread una sinfonía de carismas y ministerios, y así encontrad las modalidades para pasar de una pastoral de conservación a una pastoral misionera, capaz de ir al encuentro de la vida concreta de las personas. (…) ¡No tengáis miedo, no os desaniméis y sed, para esta Iglesia y para esta ciudad, testigos de Cristo y sembradores de futuro!”. (texto completo)
Este encuentro nos ha dejado en el corazón una consigna sencilla y profunda: continuar siendo mujeres consagradas capaces de escucha, de cercanía y de consolación; centinelas de esperanza en las noches del hombre, manos tendidas hacia quien busca dignidad, paz y futuro.
Para nosotras Hijas de María Auxiliadora el Papa, como nos enseñaba Don Bosco, es uno de los amores que custodiar, defender y testimoniar con la vida. Con Don Bosco y Madre Mazzarello continuamos siendo en la Iglesia presencia viva de esperanza, signo del amor preveniente de Dios entre los jóvenes, sobre todo los más pobres y frágiles.
Papa León XIV llegó después en coche a la Plaza del Plebiscito, para el encuentro con la Ciudadanía, acogido nuevamente por las palabras del Card. Battaglia:
“Aquí habla la ciudad. Y Nápoles, cuando habla, nunca lo hace con una sola voz. (…) Nápoles hoy no le entrega una postal. Le entrega un rostro. Un rostro antiguo y joven a la vez. Un rostro marcado, ciertamente, pero capaz todavía de asombro. Un rostro que conoce la fatiga, pero no ha olvidado la fiesta. Que conoce el dolor, pero no ha dejado de cantar. Que conoce las pruebas de la vida, pero continúa generando fraternidad. Santo Padre, esta ciudad tiene un alma grande”.
Así concluyó: “Desde esta plaza, después de haber invocado la paz ante nuestro Santo, nosotros pedimos y prometemos: paz que se convierta en justicia, justicia que genere esperanza, esperanza que se convierta en futuro para todos. Porque Nápoles, cuando ama, no ama a medias. Y hoy quiere amar así: con las manos abiertas, con el corazón despierto, con el paso valiente de quien sabe que el bien, cuando es compartido, puede de verdad cambiar la historia”.
El Santo Padre se dirigió a su vez a la multitud alentando a construir la paz: “Nápoles no debe quedarse en una simple ‘postal’ para los visitantes, sino que debe convertirse en una obra abierta, donde se construye una paz concreta, verificable en la vida cotidiana de las personas. La paz parte del corazón del hombre, atraviesa las relaciones, se radica en los barrios y en las periferias, y se ensancha hasta abrazar la ciudad entera y el mundo. Por esto sentimos que es urgente trabajar ante todo dentro de la propia ciudad. Aquí la paz se construye promoviendo una cultura alternativa a la violencia, a través de gestos cotidianos, recorridos educativos y opciones prácticas de justicia. Sabemos, de hecho, que no existe paz sin justicia, y que la justicia, para ser auténtica, nunca puede estar disociada de la caridad”.
Y deseó: “Nápoles necesita este impulso, esta desbordante energía del bien, el valor evangélico que nos hace capaces de renovar cada cosa. ¡Que sea un compromiso de todos: asumidlo y llevadlo adelante todos juntos! Hacedlo especialmente con los jóvenes, que no son solamente destinatarios sino protagonistas del cambio. Se trata no solo de involucrarlos, sino de reconocerles espacio, confianza y responsabilidad, para que puedan contribuir de modo creativo a la construcción del bien. En una realidad a menudo marcada por desconfianza y falta de oportunidades, los jóvenes representan un recurso vivo y sorprendente. (…) Lo demuestran los jóvenes que, en los oratorios, se dedican con pasión a la educación de los más pequeños, convirtiéndose en puntos de referencia creíbles y testigos de relaciones sanas”. (texto completo)
Sor Aurelia Raimo resume así sus impresiones sobre esta Visita “especial”:
“Me ha impresionado su estilo: mesurado y comunicativo, capaz de dejarse involucrar y hablar a la gente. En la Plaza del Plebiscito parecía que reflejaba a Nápoles en toda su persona. En su mirada y en toda su persona: compuesto, involucrado, participativo, gozoso. La ciudad de Nápoles ha sabido relatarse: vivaz, un concentrado de belleza, aun en su dificultad, cruce de vidas y de culturas, ciudad que sabe bien quién es y precisamente por eso sabe acoger. Nada de individualismo. Ha mostrado saber estar unida, saber entrelazarlo todo. Ha presentado su rostro bello, declinando espiritualidad, cultura, arte, alegría, fiesta. El Papa ha definido a Nápoles como capital de humanidad y de esperanza”.


















