Roma (Italia). El 24 de enero de 2026, en la memoria litúrgica de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas y comunicadores, se publica el Mensaje para la LX Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (JMCS), que se celebra en mayo, sobre el tema:
Custodiar voces y rostros humanos
El Santo Padre abre su primer Mensaje para esta Jornada especificando que “El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan la propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de cada encuentro”, acompañando esta afirmación con referencias a la etimología de las palabras y a la cultura griega.
“El rostro y la voz son sagrados. Nos han sido dados por Dios que nos creó a su imagen y semejanza”. Una existencia a la que el hombre y la mujer han sido llamados a través de la Palabra, con la cual Dios se comunicó finalmente al hombre mediante la Voz y el Rostro de Jesús, Hijo de Dios.
Como expresa San Gregorio de Nisa, al hombre se le ha impreso un carácter real, ya que desde la creación Dios lo ha querido como su interlocutor y ha impreso en su rostro un reflejo del amor divino:
“Custodiar rostros y voces humanas significa, por tanto, custodiar este sello, este reflejo indeleble del amor de Dios. No somos una especie hecha de algoritmos bioquímicos, definidos de antemano. Cada uno de nosotros tiene una vocación insustituible e inimitable que surge de la vida y que se manifiesta precisamente en la comunicación con los demás”.
Este es el corazón del Mensaje del Papa León, la clave de lectura que ayuda a captar el desafío de las nuevas tecnologías, un desafío ante todo antropológico: “Custodiar los rostros y las voces significa, en última instancia, custodiarnos a nosotros mismos”.
El Mensaje prosigue con un buen análisis de tantas situaciones ya cotidianas impregnadas por el uso de la Inteligencia Artificial “como ‘amiga’ omnisciente, dispensadora de toda información, archivo de toda memoria, ‘oráculo’ de todo consejo” y del riesgo de que, al sustraerse al esfuerzo del propio pensamiento y conformarse con una compilación estadística artificial, se termine a la larga por “erosionar nuestras capacidades cognitivas, emotivas y comunicativas”.
No es, por tanto, una cuestión de las potencialidades de estas máquinas al servicio del hombre, sino más bien de crecer en humanidad y conocimiento con un uso sabio de estas herramientas. Por el contrario, «Renunciar al proceso creativo y ceder a las máquinas las propias funciones mentales y la propia imaginación significa sepultar los talentos que hemos recibido con el fin de crecer como personas en relación con Dios y con los demás. Significa esconder nuestro rostro y silenciar nuestra voz”.
El Papa no descuida las repercusiones sociales de la tecnología, que a menudo con su antropomorfización engaña sobre todo a las personas más vulnerables, que explota la necesidad de relación y que “puede no solo tener consecuencias dolorosas en el destino de los individuos, sino que también puede dañar el tejido social, cultural y político de las sociedades”.
Sustituyendo las relaciones con la IA, construyendo un mundo “a imagen y semejanza propia”, en realidad “nos dejamos robar la posibilidad de encontrar al otro, que es siempre diferente de nosotros, y con el cual podemos y debemos aprender a confrontarnos. Sin la acogida de la alteridad no puede haber ni relación ni amistad”.
El Santo Padre advierte, pues, sobre el riesgo de ceder al poder de la simulación de la IA, que ilusiona con la fabricación de “realidades” paralelas, “apropiándose de nuestros rostros y de nuestras voces”.
Se corre el riesgo, por tanto, de no distinguir más entre realidad y ficción, con conocimientos proporcionados por los sistemas como “aproximaciones a la verdad”, a veces “verdaderas alucinaciones”. En el campo del periodismo, cuando uno se fía de estos sistemas y falta la verificación “sobre el terreno” de las fuentes, se favorece “un terreno aún más fértil para la desinformación, provocando un creciente sentimiento de desconfianza, desconcierto e inseguridad”.
Una posible alianza
En la última parte del Mensaje, el Papa León, aun expresando la preocupación hacia un “control oligopólico de los sistemas algorítmicos y de inteligencia artificial capaces de orientar sutilmente los comportamientos, e incluso reescribir la historia humana —incluida la historia de la Iglesia— a menudo sin que uno pueda darse cuenta realmente”, habla de una “alianza posible”.
Y de un desafío, que “no está en detener la innovación digital, sino en guiarla, en ser conscientes de su carácter ambivalente”. Esa misma voz, que está en el título del Mensaje, debe entonces alzarse “en defensa de las personas humanas, para que estas herramientas puedan ser realmente integradas por nosotros como aliadas”.
Tres son los pilares que identifica para dar fundamentos a esta alianza:
- En primer lugar, la responsabilidad “frente al futuro que estamos construyendo”, de la cual “nadie puede sustraerse”, ya sea quienes están en la cima —creadores y desarrolladores de modelos de IA, legisladores nacionales y reguladores supranacionales, empresas de medios— que tienen el deber de transparencia, de profesionalidad y de vigilar el respeto de la dignidad humana.
- La cooperación: todos estamos llamados a cooperar en la construcción y el cumplimiento de una ciudadanía digital consciente y responsable. “Ningún sector puede afrontar solo el desafío de guiar la innovación digital y la gobernanza de la IA. Es necesario, por tanto, crear mecanismos de salvaguardia”.
- La educación que apunta a “aumentar nuestras capacidades personales de reflexionar críticamente, a evaluar la fiabilidad de las fuentes y los posibles intereses que están detrás de la selección de las informaciones que nos llegan, a comprender los mecanismos psicológicos que activan, a permitir a nuestras familias, comunidades y asociaciones elaborar criterios prácticos para una cultura de la comunicación más sana y responsable”.
A este propósito, el Papa León considera cada vez más urgente “introducir en los sistemas educativos de cada nivel también la alfabetización mediática, informacional y en IA”. Una alfabetización que debe alcanzar también a los ancianos y a los miembros más marginados de la sociedad, con iniciativas de educación permanente.
Son caminos que podrán ayudar a todos —dice el Papa— “a no adecuarse a la deriva antropomorfizante de estos sistemas, sino a tratarlos como herramientas”.
El Mensaje concluye con el deseo de que se regrese al núcleo originario de la persona, según su etimología única e irrepetible: “Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a decir la persona. Necesitamos custodiar el regalo de la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación tecnológica”.


















