Roma (Italia). El 28 de octubre de 2025, en el día del 60º aniversario de la Declaración conciliar Gravissimum educationis «sobre la extrema importancia y actualidad de la educación en la vida de la persona humana» y durante el Jubileo del Mundo Educativo, se publica la Carta Apostólica «Diseñar nuevos mapas de esperanza», firmada por el Papa León XIV el 27 de octubre a los pies del Altar de la Confesión de la Basílica de San Pedro, antes de la Misa con los estudiantes de las Universidades pontificias.

En el Proemio se subraya la actualidad del texto conciliar: «Con aquel texto, el Concilio Vaticano II recordó a la Iglesia que la educación no es una actividad accesoria, sino que constituye el tejido mismo de la evangelización: es la forma concreta con la que el Evangelio se convierte en gesto educativo, relación, cultura. Hoy, ante los rápidos cambios y las incertidumbres que desorientan, ese legado muestra una sorprendente solidez» (1.1).

Y también: «La Declaración Gravissimum educationis no ha perdido su fuerza.  Desde su recepción ha nacido un firmamento de obras y carismas que aún hoy orienta el camino: escuelas y universidades, movimientos e institutos, asociaciones laicales, congregaciones religiosas y redes nacionales e internacionales.». Estas instituciones han generado y consolidado un patrimonio espiritual y pedagógico, capaz de responder a los desafíos más acuciantes, un patrimonio que «no está inmovilizado: es una brújula que sigue indicando la dirección y hablando de la belleza del viaje» (1.3).

Desafíos y expectativas lamentablemente todavía actuales después de 60 años: «Ante los tantos millones de niños en el mundo que aún no tienen acceso a la escolarización primaria, ¿cómo no actuar? Ante las dramáticas situaciones de emergencia educativa provocadas por las guerras, las migraciones, las desigualdades y las diversas formas de pobreza, ¿cómo no sentir la urgencia de renovar nuestro compromiso?». El Papa León anima a la esperanza con una frase de su reciente Exhortación Apostólica Dilexi te: «La educación ‘es una de las expresiones más altas de la caridad cristiana’. El mundo necesita esta forma de esperanza».

En el segundo capítulo se lee una breve síntesis de la historia de la educación católica como «historia del Espíritu en acción» y, como en la Dilexi te, se citan varios Santos y «mujeres valientes» que han contribuido a favorecer «los últimos» en el acceso a la instrucción, entre ellos San Juan Bosco que «con su ‘método preventivo’, transformó la disciplina en razonabilidad y cercanía» (2.3).

En el documento emerge otro aspecto muy salesiano, el de la educación cristiana como «obra coral: nadie educa solo» y, por lo tanto, de la «comunidad educante» entendida como «un ‘nosotros’ donde el docente, el estudiante, la familia, el personal administrativo y de servicio, los pastores y la sociedad civil convergen para generar vida». También emerge la espléndida sintonía entre los Santos, como San John Henry Newman – a quien el Santo Padre el 1 de noviembre declarará Doctor de la Iglesia y co-patrono de la misión educativa de la Iglesia junto a Santo Tomás de Aquino – quien tenía como lema cardenalicio Cor ad cor loquitur (el corazón habla al corazón), de una carta de San Francisco de Sales: «La sinceridad del corazón y no la abundancia de palabras, toca el corazón de los seres humanos» (3.1).

Varias son las «definiciones» del «oficio de educar» enunciadas, como: «Educar es un acto de esperanza y una pasión que se renueva», es un «oficio de promesas», «es una tarea de amor que se transmite de generación en generación». También se habla de lo que no debe ser, es decir, no debe ser reducida «a una formación funcional o a un instrumento económico: una persona no es un «perfil de competencias», no se reduce a un algoritmo predecible, sino que es un rostro, una historia, una vocación» (4.1).

Otros principios queridos por la tradición salesiana son una visión antropológica integral que «abraza a la persona entera: espiritual, intelectual, afectiva, social, corpórea» y que «no mide su valor solo en el eje de la eficiencia», sino «en la dignidad, en la justicia, en la capacidad de servir al bien común» (4.2); una educación que busca dar respuesta a los desafíos de hoy – «porque cada generación es nueva, con nuevos desafíos, nuevos sueños, nuevas preguntas» – y de «reconstruir la confianza en un mundo marcado por conflictos y miedos, recordando que somos hijos y no huérfanos: de esta conciencia nace la fraternidad» (4.3). Y aún más, una educación que sepa «poner a la persona en el centro«, para formar hombres y mujeres de virtud, más libres, «ciudadanos capaces de servir y creyentes capaces de testimoniar», donde la alianza educativa con la familia es «fatiga y bendición».

Una imagen inspiradora que se repite en el documento, sugerente y concreta, es la de la «constelación» (Cap. 8) «porque el mundo educativo católico es una red viva y plural» – con «estrellas fijas» y estrellas de «luminosidad propia», pero que «todas juntas dibujan una ruta». De hecho, «la pluralidad de los carismas, si está bien coordinada, compone un cuadro coherente y fecundo», aunque hay que admitir que «el futuro nos impone aprender a colaborar más, a crecer juntos».

Entre las estrellas que orientan el camino, la «estrella polar» es el Pacto Educativo Global (Cap. 10), herencia profética del Papa Francisco recogida «con gratitud» por su sucesor, «una invitación a hacer alianza y red para educar en la fraternidad universal», con sus siete caminos que «han inspirado escuelas, universidades y comunidades educantes en el mundo, generando procesos concretos de humanización». A estas siete vías, el Papa León añade tres prioridades: la vida interior – «los jóvenes piden profundidad» -; lo digital humano – «formemos en el uso sabio de las tecnologías y de la IA, poniendo a la persona antes que al algoritmo» -; la paz desarmada y desarmadora, «eduquemos a lenguajes no violentos, reconciliación, puentes y no muros».

Dentro del texto no faltan temas educativos imprescindibles como la promoción de la salvaguardia de la creación, de la responsabilidad ecológica y la paz (Cap. 7), así como un correcto enfoque de las tecnologías y el ambiente digital (Cap. 9), para habitar el cual «se necesita creatividad pastoral», además de «discernimiento sobre la planificación didáctica», con la conciencia de que «ningún algoritmo podrá sustituir lo que hace humana la educación: poesía, ironía, amor, arte, imaginación, la alegría del descubrimiento e incluso, la educación al error como oportunidad de crecimiento» y que «el punto decisivo no es la tecnología, sino el uso que hacemos de ella».

A 60 años de la Gravissimum educationis y a cinco años del Pacto Educativo Global, aun celebrando una «fecunda historia educativa», es un sentido llamamiento del Papa a actualizar, como Iglesia, las propuestas a la luz de los tiempos. «No basta conservar: hay que relanzar» – dice – y pide «a todas las realidades educativas que inauguren una temporada que hable al corazón de las nuevas generaciones, recomponiendo conocimiento y sentido, competencia y responsabilidad, fe y vida» (10.2).

Al formular estas peticiones, el Papa es consciente de los esfuerzos que conllevan: «la hiperdigitalización puede fragmentar la atención; la crisis de las relaciones puede herir la psique; la inseguridad social y las desigualdades pueden apagar el deseo. Sin embargo, precisamente aquí, la educación católica puede ser un faro: no un refugio nostálgico, sino un laboratorio de discernimiento, innovación pedagógica y testimonio profético. Diseñar nuevos mapas de esperanza: esta es la urgencia del mandato» (11.1).

Confiando este camino a la Virgen María, Sede de la Sabiduría, y a todos los santos educadores, el Papa León dirige una última exhortación a los Pastores, a los consagrados, a los laicos, a los responsables de las instituciones, a los maestros y a los estudiantes: «sed servidores del mundo educativo, coreógrafos de la esperanza, investigadores incansables de la sabiduría, artífices creíbles de expresiones de belleza”.

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