Roma (Italia). El 30 de marzo de 2026 en Roma, en la Casa Generalicia de las Hermanas Franciscanas Angelinas, 36 Hijas de María Auxiliadora de los 7 a los 10 años de Profesión religiosa de la Visitaduría María Madre de la Iglesia (RMC), acompañadas por la Superiora de Visitaduría, sor Jessica Salvaña, y por la responsable de la formación, sor Anna Trotti, vivieron una jornada formativa.
“Fuego dentro. Interioridad y alegría de la vocación hoy” es el tema profundizado a lo largo del día, desarrollado por don Mario Llanos, Salesiano de Don Bosco, a través de un recorrido de tres palabras: Fuego, Misterio, Amor.
El encuentro comenzó con un momento dedicado a la interioridad, en el que cada una eligió una imagen capaz de representar su propia vida interior. El silencio y la contemplación permitieron reconocer aquello que hoy alimenta el fuego vocacional y lo que, por el contrario, corre el riesgo de apagarlo. La reflexión personal llevó a interrogarse sobre qué nutre la vida interior, sobre las dificultades para custodiar el fuego y sobre los momentos en los que la vocación se hace más viva. El compartir en pequeños grupos ayudó a dar nombre a lo que a menudo cuesta expresar: fragilidades, dudas, deseos profundos…
El segundo momento estuvo dedicado a la memoria de la primera llamada vocacional. Mediante algunas preguntas, cada una recorrió el primer recuerdo del llamado: lugares, personas, emociones, palabras que marcaron el inicio del camino. Emergieron la alegría de los primeros pasos, a veces acompañada de temor, y la imagen de Dios percibida entonces como presencia que llama, sostiene y desafía. Se reconoció lo que permanece vivo del primer “sí”: los rostros que han sido un don en el camino, los signos concretos de la fidelidad de Dios y las fragilidades que se han convertido en lugar de misericordia. Se subrayó que la madurez vocacional nace del paso del “me ha llamado” al “yo elijo todavía”, del asombro inicial a la responsabilidad cotidiana de renovar la propia respuesta.
En el tercer momento se profundizó en el tema de la custodia del fuego vocacional como cuidado de sí y como llama viva. En grupo se reflexionó sobre lo que, a nivel comunitario, institucional, eclesial y social, ayuda u obstaculiza la vocación. Entre las ayudas surgieron la oración, la escucha, la apertura, la comprensión, la disponibilidad, la compasión, la colaboración y las relaciones sociales sanas. Entre los obstáculos se reconocieron la indiferencia, el individualismo, la superficialidad, el activismo excesivo, la falta de atención a las cosas pequeñas, la falta de sentido de pertenencia y el abuso de poder. Se recordó que la vocación es un fuego que Dios enciende, pero que se está llamada a custodiar con amor: el fuego debe ser alimentado, protegido, reavivado. La vocación es relación y la oración sostiene y protege, mientras que el encierro en uno mismo apaga.
Resonaron además “palabras fuertes” de la Escritura y de la tradición: el profeta Jeremías que habla del fuego ardiente en el corazón, la invitación de Pablo a reavivar el don recibido y la afirmación de San Juan Crisóstomo, según el cual nada es más precioso que un corazón que arde por Dios. Se recordó también que los jóvenes buscan testigos apasionados, personas que vivan lo que dicen, y que la vida consagrada no sobrevive por costumbre sino por pasión.
El cuarto momento se refirió a la misión como expansión del fuego interior. Se identificaron diversos ámbitos —comunidad, escuela, jóvenes, acompañamiento personal, presencia digital— y se interrogaron sobre las actitudes interiores a custodiar para lograr que el fuego de Jesús se expanda, sobre los gestos concretos para “encender” a los demás sin “quemarlos” y sobre cómo mantener viva la propia interioridad mientras se está en misión. Cada grupo formuló una frase-icono y algunas acciones concretas para hacer visible el fuego del amor en la vida cotidiana.
La jornada concluyó con un momento mariano dedicado al “fuego de María”. En una cartulina con forma de llama, cada una escribió un don, un rasgo, un gesto o una experiencia del fuego de María en su propia vida, y todas las «llamas» fueron depositadas junto a la imagen de María Auxiliadora como gesto de confianza y gratitud. Emergió cómo la vocación es una realidad viva, un fuego que Dios enciende y que se está llamada a custodiar con cuidado, fidelidad y amor. Para que el fuego permanezca vivo, es necesario cultivar la interioridad, mantener viva la memoria del primer amor, elegir cada día permanecer, vivir relaciones auténticas y dejarse guiar por la pasión por Dios y por los jóvenes. Custodiar la vocación significa, en definitiva, custodiar el propio corazón.


















