Roma (Italia). El 15 de noviembre de 2025 se celebra la memoria litúrgica de la Beata Maddalena Caterina Morano (1847 – 1908), Hija de María Auxiliadora, pionera de la obra educativa salesiana femenina en Sicilia.

De sus 61 años de vida, los primeros 35 los pasó en Piamonte. En 1878 fue acogida, por indicación de San Juan Bosco, en Mornese, para experimentar la vida de las primeras FMA, y en 1881 fue elegida para ser enviada a dirigir el “Conservatorio” (Colegio) de las jóvenes de Trecastagni, en la diócesis de Catania. En los siguientes 25 años, fue Directora, Maestra de novicias, Visitadora, Inspectora, fundando una veintena de casas en la isla, a través de las cuales se ocupó incansablemente de difundir doctrina y cultura cristiana entre las jóvenes.

A los primeros años de su vida se remonta un hecho que quedó en su memoria. En Buttigliera, Magdalena comenzó a asistir al jardín de infancia organizado por una señora en su propia casa. Acompañada por su hermano Pietro, que luego continuaba hacia la escuela primaria, Magdalena iba de buena gana, pero un día se obstinó, gritando que no quería ir más. La madre la acompañó ella misma para entender mejor. Se descubrió que una compañera, eludiendo la vigilancia de la maestra, se había apropiado de su manzana y se la había comido durante varios días. Naturalmente, la maestra intervino, y el hurto no se repitió más. Magdalena, ya convertida en maestra y superiora, contaba el hecho como ejemplo:

«A veces – comentaba – vemos a una niña de mal humor o indispuesta: indaguemos con materna solicitud la causa; no la exasperemos con un reproche apresurado que puede comprometer su educación y nuestra autoridad».

Sor Elisabetta Dispenza (1868 – 1955), FMA, relata:

“Era el día de la fiesta de Santa Águeda y las educandas del instituto María Auxiliadora en Catania debían ir al arzobispado para asistir a la procesión de la Santa patrona y la hermana asistente había hecho que las niñas se pusieran el uniforme antes de ir a desayunar. Una niña manchó el vestido con café con leche: la asistente la apartó para que se quedara en casa y entonces la niña comenzó a llorar en un rincón. En ese momento pasó la Madre Morano y al darse cuenta de que la niña lloraba y conocido el motivo me llamó y me dijo: ‘Sor Dispenza ve a buscar inmediatamente un cubo de agua y jabón’ (cosa que hice de inmediato) y ella misma, quitándole el vestido a la niña, lo desmanchó, lo planchó y volviéndoselo a poner a la niña, alegre y contenta, la condujo a la asistente y luego me dijo: ‘ves lo que es necesario para no tener en angustia una niña durante todo el día, con un simple acto de caridad, la hemos vuelto a hacer feliz”.

Sor Rosa Magrì (1877 – 1946) declara:

“Todas sus ternuras maternas las prodigaba en favor de las hermanas enfermas, de las educandas enfermas, particular cuidado se tomaba de aquellas que eran más débiles; para alentar a las afligidas, usaba todas las estrategias que le sugería su corazón generoso… Inmensa era su caridad hacia el prójimo al procurarles el bien espiritual”.

Y prosigue:

“En la casa del pueblo de Vizzini, diócesis de Caltagirone, se abrió la escuela de catecismo solo para las niñas. Como para los varones no había escuela, venían a importunarnos para que les instruyéramos y, al no poder complacerlos, llegaron incluso a lanzarnos piedras para obligarnos a abrirles las puertas y ser admitidos al catecismo porque, decían, ‘a las niñas les enseñáis tantas cosas bonitas y a nosotros no. Dejadnos entrar, veréis que seremos buenos y no os molestaremos más’. Un día que vino la Madre Morano, le contamos los disturbios que nos causaban los muchachos y la Madre, enternecida y conmovida por cuanto había escuchado, dijo: ‘En otros lugares se buscan y aquí que desean venir ¿no se les debe enseñar el catecismo?’ Por eso dio disposiciones para que dos hermanas fueran a la iglesia a enseñar el catecismo a los varones. Aquella escuela de catecismo fue también un vivero de vocaciones eclesiásticas porque varios de ellos se hicieron religiosos”.

Se podrían encontrar muchos otros testimonios análogos, sencillos gestos que dejan «el buen perfume de Cristo» en quien los vive y los recuerda. Quizás, Madre Morano, como tantos cristianos de todos los tiempos, como tantos santos más o menos conocidos, nos habla de una ordinariedad transfigurada por el Evangelio que se vuelve fecunda de bien. Madre Morano sacaba su fuerza de la fe.

Sor Angela Macchi (1875 – 1960) atestigua:

“Todas sus acciones estaban marcadas por una fe que le hacía obrar milagros… segura de la palabra evangélica ‘Dad y se os dará’ cuando mayores eran las necesidades de la casa, ella redoblaba las ayudas hacia los necesitados, segura de ser recompensada por la Divina Providencia”.

Sor Angela continúa:

“Intensa y fervorosa era su oración… tenía tal recogimiento que solo verla nos invitaba a la vida interior… hacía con frecuencia la Hora Santa ante el Santísimo Sacramento incluso en horas nocturnas y de Jesús eucarístico, con tranquilidad y fe esperaba las gracias que pedía en los momentos más difíciles”.

Recordando a esta Hija de María Auxiliadora educadora, ya Beata, se le pueden encomendar a ella los seres queridos y las propias intenciones: como solía hacer en vida, intercede por todos.

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