Roma (Italia). El 24 de diciembre de 2024, en la víspera de Navidad, el Papa Francisco inició el Año Jubilar y fue el primero en cruzar la Puerta Santa. Después de llamar tres veces, siguiendo el ritual, las imponentes puertas se abrieron de par en par y, sentado en su silla de ruedas, el Pontífice permaneció en la puerta de la Basílica de San Pedro en silencio, absorto en la oración, en la penumbra. Son imágenes llenas de significado que han llegado al mundo y han tocado el alma de los fieles que se preparaban para vivir este año especial con la consigna de la Esperanza.
«Hermanas y hermanos, con la apertura de la Puerta Santa hemos iniciado un nuevo Jubileo: cada uno de nosotros puede entrar en el misterio de este anuncio de gracia. Esta es la noche en que la puerta de la esperanza se ha abierto de par en par al mundo; esta es la noche en que Dios dice a cada uno: ¡también para vosotros hay esperanza! Hay esperanza para cada uno de nosotros. Pero no olviden, hermanas y hermanos, que Dios perdona todo, Dios siempre perdona. No olvidéis esto, que es una manera de entender la esperanza en el Señor.
Para acoger este don, estamos llamados a ponernos en camino con el asombro de los pastores de Belén. El Evangelio dice que, cuando recibieron el anuncio del ángel, «se fueron sin demora» (Lc 2,16). Esta es la indicación para reencontrar la esperanza perdida, para renovarla en nosotros, para sembrarla en las desolaciones de nuestro tiempo y de nuestro mundo: sin demora», son las palabras que precedieron a la abertura.
«Sin demora» Madre Chiara Cazzuola y las Consejeras Generales del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, el 26 de diciembre de 2024, «Peregrinas de la Esperanza», se pusieron en camino para llegar y cruzar una por una la Puerta Santa. Nos cuenta una de las Consejeras:
«Una bellísima puesta de sol cae en el puente Tíber en Roma. El maravilloso perfil del Castillo de Sant’Angelo destaca en el cielo. Peregrinamos como comunidad, queremos vivir esta experiencia única juntas.
Otras personas se unen a nuestro grupo, Madre Chiara recibe la cruz del Jubileo y va delante en el camino. Comenzamos nuestra peregrinación a lo largo del amplio Viale della Conciliazione, un grupo de voluntarios nos guían.
Caminamos rezando sin prisa, se oye nuestra oración al ritmo lento de nuestro caminar. Salmos, letanías de los santos… nos preparan para la llegada a la Plaza de San Pedro. Y antes, una parada frente a la Iglesia de Santa Maria in Traspontina, cuyas puertas están abiertas: esto nos permite «mirar» a la Virgen y «dejarnos mirar» por ella. Su Presencia nos bendice.
Todo nos habla de nuestra identidad eclesial: somos pueblo de Dios en camino. La gente, que está a ambos lados de nuestra procesión, nos mira y nos contempla. Me pregunto qué les dirá a ellos este gesto nuestro ¿Lo vivirán como una invitación a unirse a nosotros, a ser parte de nuestra peregrinación?
El sol cae y el frío se siente más en nuestras caras. Pero qué importa: nuestros corazones arden de alegría porque estamos entrando en la Plaza central, un espacio universal donde convergen todos los caminos eclesiales. Es la Iglesia Madre la que acoge a «todos», «todos», «todos».
Las cuentas del rosario se deslizan entre nuestros dedos y nos ayudan a contemplar el Misterio de la Encarnación tan cercano a nosotros. Subimos las escaleras centrales de dos en dos. ¡Y ahí está, abierta de par en par, la Puerta Santa!
Apoyo mi frente en ella, es la misma Presencia de Jesús que me abraza y me acoge con toda mi realidad, tal como soy. Besándola, beso a Jesús en la Cruz, que me salva y me redime, que abraza y libera a toda la humanidad, de todos los tiempos.
No he venido sola a esta Puerta, traigo conmigo a tantos que sufren hambre, enfermedad, violencia, abusos, indiferencia, ultraje, marginación, exilio, desesperación, vacío, soledad, insensatez, falta de amor… Todos ellos pasan conmigo. A aquellos a quienes amo y por los que rezo sin conocerlos.
Renuevo mi Bautismo: es una llamada a la conversión y a ser una nueva criatura y una feliz hija de Dios. Juntas entramos en la Basílica y juntas, acercándonos a la tumba de Pedro, profesamos nuestro Credo.
Cada palabra expresa la confesión de nuestra fe, la fe que nos une al corazón del Papa Francisco que vibra con el mismo latido, la fe de generaciones de cristianos y de los «santos de la puerta de al lado», de los mártires de ayer y de hoy, de tantos que son perseguidos y torturados por confesar a Jesús. Esta es la fe que renovamos, que nos impulsa a reconocernos en nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios y de hermanos y hermanas de todos, herederos del Reino por la pura e infinita misericordia de Dios.
Es la Misericordia la que viene a nuestro encuentro, a la puerta de la reconciliación. Cuánta gracia de Dios está a la mano, incluso si no la merecemos. Recibamos el perdón y dejemos que esta purificación de Dios renueve toda nuestra vida.
Es el Padre quien toma la iniciativa, nos levanta con su abrazo y nos restituye nuestra plena sonrisa. Es el Hijo quien nos busca, nos mira con ternura, nos llama por nuestro nombre y nos envía. Es el Espíritu el que irrumpe en nosotras, nos transforma y nos recrea a su manera. Es el Amor de Dios que habita en nosotras y nos hace nuevas.
La noche ha avanzado rápidamente y salimos de allí, con una luz y una fuerza interior que se desbordaba desde dentro de nosotras, contagiadas de esa alegría profunda que nada ni nadie nos puede arrebatar. Nos sentimos recreadas por Dios Creador que es todo Amor, peregrinas y profetas de esa esperanza que no defrauda, porque esa Esperanza es Jesús, nuestro único sentido«.


















