Roma (Italia). La solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos son la ocasión para reflexionar sobre el sentido de la vida y lo que le da plenitud.
Los Santos, aquellos canonizados, como Santa María Troncatti y Santa María Domenica Mazzarello, aquellos de los que está en curso la causa de beatificación, como las Siervas de Dios Madre Rosetta Marchese y Madre Antonietta Böhm, los beatos, como la Beata Laura Vicuña, la Beata Maddalena Morano, la Beata Eusebia Palomino, la Beata María Romero, la Beata María Carmen Moreno Benítez, la Beata María Amparo Carbonell Muñoz, y la Venerable Laura Meozzi, la Venerable Teresa Valsè Pantellini, son testigos del Evangelio vivido auténticamente.
Son, sobre todo, ejemplos de cómo la Gracia puede obrar cuando la fe y el abandono son totales e incondicionales, a pesar de obstáculos que pueden parecer insuperables. Muchos Santos vivieron la enfermedad como una prueba y luego se convirtieron a su vez en instrumentos de misericordia y sanación.
La joven María Domenica Mazzarello, para curar a sus parientes enfermos de tifus, se contagia y después de una larga convalecencia descubre que es llamada a una nueva misión: «¡A ti te las confío!» dice una voz misteriosa en una visión. Sor Teresa Valsè Pantellini y Madre Rosetta Marchese vivieron la enfermedad como una particular experiencia de unión a Cristo crucificado y resucitado. Especialmente Madre Rosetta vivió esta prueba como consecuencia de la ofrenda de sí misma a Dios por el Instituto de las FMA y por los sacerdotes.
Al inicio de su vida consagrada, también la joven Sor María Troncatti afronta muchas enfermedades. El 17 de marzo de 1909, enferma de tifus, es trasladada a Nizza Monferrato para ser mejor atendida. Don Rúa, sucesor de Don Bosco y de paso, va a visitarla. «La invitó a rezar tres Ave María con él y le dio la bendición de María Auxiliadora y luego le dijo que si tuviera fe, se levantaría enseguida e iría a la capilla a dar gracias al Señor. Así lo hizo y Don Rúa le dijo que viviría hasta la vejez y que haría mucho bien».
Precisamente ella, muchos años después, en el Oriente amazónico de Ecuador, será reconocida como la «doctora» y afectuosamente llamada «madrecita» por la maternidad que expresaba al cuidar de todos aquellos que lo necesitaran. Curada, curaba; con la fe, más que con las medicinas: «Yo doy las medicinas, pero quien hace curar es la Virgen».
Diversos son los testimonios:
«Acogió en el hospital a un hijo mío pequeño, durante un mes y lo curó. Ahora, al recordarlo, me doy cuenta de que ella nos estaba curando más con la fuerza de Dios que con los remedios».
«Su fe logró salvar a muchos blancos envenenados y a Shuar. Nosotros no lo sabíamos, y ella misma no sabía cómo lo había hecho, porque el envenenamiento se realizaba con tal habilidad que la víctima apenas tenía tiempo de ir a morir a casa. Sin embargo, Sor María a menudo llegaba a tiempo y los salvaba, con gran asombro de los mismos envenenadores que podían ver a las víctimas de su venganza caminando por la calle».
Su fe estaba unida a una dedicación heroica: «Una vez pasó 15 días entre los enfermos de cólera en una fracción cerca de Macas, sola, día y noche. Por miedo, nadie quería ocuparse de ellos». Numerosos otros relatos documentan que la fe y la caridad de Sor María obtuvieron lo que parecía imposible a una evaluación humana. En ellos, resuenan las palabras de Jesús a los discípulos después de su resurrección: «Estos son los signos que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán serpientes en sus manos y, si bebieran algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos a los enfermos y estos sanarán» (Mc 16,16).
«Los santos constituyen el comentario más importante del Evangelio», afirma el gran teólogo Hans Urs von Balthasar. Lo que Jesús, al enviar a los 72 discípulos, dice: «Id… curad a los enfermos» (Lc 10,9) fue realizado por Santa María Troncatti tanto en el cuidado de los cuerpos como de las almas. Mientras Sor María se prodigaba en administrar medicinas, rezaba, hablaba de la misericordia de Dios, invitaba al perdón y a la confianza en María Auxiliadora.
Hoy la ciencia nos confirma que las enfermedades físicas son a menudo expresión y señales de heridas psíquicas y espirituales mucho más dolorosas. Por ello, los milagros de curación están acompañados de verdaderas conversiones, de cambios sustanciales en el estilo de vida y de relación, de compromisos de caridad y de servicio.
El Papa León XIV, en la reciente Exhortación Apostólica «Dilexi te«, escribe: «En el acto de curar una herida, la Iglesia anuncia que el Reino de Dios comienza entre los más vulnerables. Y al hacerlo, permanece fiel a Aquel que dijo: «Estuve […] enfermo y me visitasteis» (Mt 25,35.36). Cuando la Iglesia se arrodilla junto a un leproso, un niño desnutrido o un moribundo anónimo, realiza su vocación más profunda: amar al Señor allí donde Él está más desfigurado» (DT 52).
Las Siervas de Dios Madre Rosetta Marchese y Madre Antonietta Böhm, la Beata Laura Vicuña, la Beata Maddalena Morano, la Beata Eusebia Palomino, la Beata María Romero, la Beata María Carmen Moreno Benítez, la Beata María Amparo Carbonell Muñoz, la Venerable Laura Meozzi, la Venerable Teresa Valsè Pantellini, Santa María Mazzarello y Santa María Troncatti, de diferentes maneras son intercesoras de gracias y milagros, porque en su vida han sido canales de la fuerza terapéutica del Espíritu Santo que derrota toda forma de mal y de pecado. Para profundizar
Se invita a señalar las gracias recibidas a la dirección de correo electrónico animazionesantitafma@cgfma.org o por correo ordinario a la Secretaría General del Instituto FMA.


















