Roma (Italia). El 30 de agosto de 2025 se conmemora el 74 aniversario del fallecimiento de la venerable Sor Laura Meozzi (1873 – 1951), una de las primeras Hijas de María Auxiliadora en Polonia.
Nacida en Florencia el 5 de enero de 1873, en una familia noble y acomodada, pronto se trasladó a Roma, donde estudió con las Hermanas Doroteas y luego asistió a algunos cursos de medicina. Laura rezaba mucho. Gracias a los consejos de su director espiritual, el salesiano Federico Bedeschi (el mismo que acompañó en la búsqueda vocacional a sor Teresa Valsè Pantellini), Laura descubre que Dios la llama a unirse a las hermanas de Don Bosco.
Se convirtió en Hija de María Auxiliadora en 1898 y trabajó como maestra en Liguria (Bordighera, Varazze, Génova) y después en Sicilia (Alì Marina, Catania, Nunziata). «Sed primero madres, luego maestras», les recordaba a las hermanas, lo que revelaba su característica más particular.
En 1922, la Madre Caterina Daghero la envió a sembrar el carisma salesiano femenino en Polonia. A pesar de la pobreza extrema, abrió casas para niños huérfanos y abandonados, y luego escuelas y talleres para niñas. Mientras tanto, llegaron postulantes y novicias. Los refugiados, los perseguidos, los enfermos y los desplazados también encontraron en ella y en las hermanas consuelo y ayuda concreta.
Entre 1938 y 1945, se enfrentó con heroica valentía a las restricciones y persecuciones que la Segunda Guerra Mundial trajo a Polonia y a las congregaciones religiosas en particular: casas cerradas, hermanas dispersas, contactos difíciles. Vestida de campesina, se escondió en la casa de Sakiszki, pero continuó acompañando a las hermanas con bondad maternal, a través de cartas clandestinas con un sabor a Mornese.
Después de la guerra, la Madre Laura, en colaboración con el primado de Polonia, el cardenal Augusto Hlond, SDB (1881-1948), declarado venerable en 2018, se comprometió incansablemente a la apertura de nuevas casas y obras, enfrentando los nuevos desafíos que imponía el comunismo. En 1946 se instaló en Pogrzebień, donde dirigió una obra que devolvió la esperanza a mujeres y niños. Sus fuerzas se agotaron y el 30 de agosto de 1951, la Madre Laura murió en Pogrzebień.
Su figura es recordada hoy por el marcado sentido de la maternidad que irradiaba a todo el que lo necesitaba. En la Positio super virtutibus, hay cientos de testimonios y hechos que lo documentan. Don Józef Nęcek, director e inspector salesiano, recuerda que «su característica más evidente era la bondad hacia todos. Amaba mucho a las hermanas como hijas confiadas por Dios».
Al acompañar a las jóvenes y a las hermanas, al cuidar a los huérfanos y a los necesitados de ayuda, se mostraba cariñosa, pero también proactiva, ayudando a las personas a asumir responsabilidades y a llevarlas adelante con creatividad y amor. Sor Zofia Sowińska lo experimentó personalmente. La Madre Laura le escribió en una carta de 1932: «Te tengo siempre presente en mi pensamiento porque yo también veo que tu salud está empeorando y el dolor de cabeza es ciertamente debido a algo interno… Entiendo, sin embargo… que para estar mejor y más tranquila deberías ser regular al comer y al dormir y persuadirte de que vivimos entre criaturas que dan lo que pueden y que, si hoy se equivocan ellas, mañana nos equivocamos nosotros, y que nunca corregiremos inquietándonos y tratando mal. Trabaja en ti misma, mi querida Zofia, trabaja por amor de Dios y de tu alma que costó la sangre de Jesús Bendito». Sor Zofia se comprometió a corregir su temperamento impetuoso, siguiendo sus consejos.
En 1934, la Madre Laura nombró a esta misma hermana directora en Laurów. Consciente de las dificultades que tendría que enfrentar, le trazó un horario que la ayudaría a prevenir el cansancio y la irritabilidad. Sor Jadwiga Chodkowska declaró: «La Madre Laura era muy buena y comprensiva… Nunca una palabra que pudiera entristecer el ánimo; pero después de cada conversación con ella se salía lleno de entusiasmo, gozoso, casi transformado. Los sufrimientos y los sacrificios se volvían ligeros y cada una los ofrecía a Dios con toda su buena voluntad. La bondad de la Madre Laura era verdaderamente excepcional. Amaba a todas las hermanas de tal manera que cada una pensaba ser la privilegiada. […] Con su amor materno que nos revelaba en su mirada y en las palabras nos animaba a soportar todas las molestias, de manera que cada una de nosotras estaba dispuesta al sacrificio».
Recordando su ingreso en el Instituto, sor Marta Habatula cuenta: «La Madre Laura me acogió con gran corazón materno como su hija y me manifestó tanta bondad que suscitó inmediatamente en mi corazón una filial confianza hacia ella. Vi a todas las postulantes y hermanas felices, porque estaban seguras de ser amadas por la madre superiora, es más, cada una se creía una privilegiada».
Le hace eco sor Julia Janus, que conoció a la Madre Laura desde 1922: «Era una verdadera madre, llena de bondad hacia todos. Amaba mucho a todas las hermanas, alumnas y alumnos, siempre era amable, comprensiva, paciente. Nunca se le escapó una mínima impaciencia, siempre estaba tranquila y equilibrada. Si tenía que hacer una observación, la hacía con tanta bondad que la persona reprendida no sentía rencor, al contrario, se arrepentía de haber fallado y se esforzaba por hacerlo mejor. La Madre Laura sabía crear en el ambiente un clima de paz, de armonía y de unidad. Las hermanas y los alumnos correspondían a su gran amor. Nunca he visto a una superiora tan amada como la Madre Laura».
La caridad materna es una virtud que brilla en muchas Hijas de María Auxiliadora, más o menos conocidas. Con ocasión del 150 aniversario de la fundación del Instituto, la Madre Chiara Cazzuola escribió: «Cada hija lleva en sí los rasgos de la madre. A nosotras, María nos da de ser hijas y nos desea como ella auxiliadoras para todas las personas que nos son confiadas». En un contexto marcado por guerras y violencias, este compromiso parece cada vez más actual y profético, verdaderamente revolucionario, más allá de toda evidencia.


















