Roma (Italia). El 26 de abril de 2026, en el IV domingo de Pascua, llamado “domingo del Buen Pastor”, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. En su Mensaje para esta 63ª Jornada, el Papa León XIV ha elegido como tema “El descubrimiento interior del don de Dios” y comparte algunas reflexiones sobre la dimensión interior de la vocación, “entendida como el descubrimiento del don gratuito de Dios que brota en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros”.
Recorriendo metafóricamente el camino de “una vida verdaderamente bella, que el Pastor nos indica”, el Papa realiza cuatro pasos: La vía de la belleza, Conocimiento mutuo, Confianza y Maduración.
El Mensaje subraya la importancia de la ascesis en la contemplación, que permita a la persona detenerse, escuchar, orar y acoger la mirada de Dios sobre sí misma hasta el punto de confiar en el Pastor “que fascina: quien lo mira descubre que la vida es realmente bella si se le sigue”. Uno de los rasgos que distingue a los Santos es precisamente “la belleza espiritual luminosa que irradia de quien vive en Cristo. Así, la vocación cristiana se revela en toda su profundidad: participar de su vida, compartir su misión, resplandecer con su propia belleza”.
Tomando el ejemplo de San Agustín, maestro de interioridad, el Papa León habla de la importancia de “el cuidado de la interioridad como espacio de relación con Jesús, como vía para experimentar la belleza y la bondad de Dios en la propia vida” y de la vocación como un don que “nunca es una imposición o un esquema prefijado al que simplemente adherirse, sino un proyecto de amor y de felicidad”.
Desde el cuidado de la interioridad, “es urgente reiniciar la pastoral vocacional y el compromiso siempre nuevo de la evangelización”, dice el Santo Padre, quien invita a todos —familias, parroquias, comunidades religiosas, obispos, sacerdotes, diáconos, catequistas, educadores y fieles laicos— “a comprometerse cada vez más en la creación de contextos favorables para que este don pueda ser acogido, nutrido, custodiado y acompañado para dar fruto abundante”.
Al ser la vocación una llamada única y personal, esta comienza desde la experiencia personal del amor de Dios; ese Dios que conoce y ama profundamente a cada uno/a y que tiene para cada uno/a una vía única de santidad y de servicio. Este conocimiento es recíproco y, por tanto, “estamos invitados a conocer a Dios a través de la oración, la escucha de la Palabra, los Sacramentos, la vida de la Iglesia y la entrega a los hermanos y hermanas”.
El joven Samuel, que supo ponerse a la escucha y aprender a reconocer, con la ayuda de Elí, la voz del Señor (cf. 1 Sam 3, 1-10) y también San Agustín, según el cual “la Verdad habita en el hombre interior”, nos recuerdan la importancia de “detenerse, construir espacios de silencio interior para poder escuchar la voz de Jesucristo”.
De ahí el llamado de León XIV: “¡Queridos jóvenes, escuchad esta voz! Escuchad la voz del Señor que os invita a vivir una vida plena, realizada, poniendo a fruto los propios talentos (cf. Mt 25, 14-30) y clavando en la Cruz gloriosa de Cristo los propios límites y las propias debilidades. Deteneos, pues, en adoración eucarística, meditad asiduamente la Palabra de Dios para vivirla cada día, participad activa y plenamente en la vida sacramental y eclesial. De este modo conoceréis al Señor y, en la intimidad propia de la amistad, descubriréis cómo daros a vosotros mismos, en la vía del matrimonio, o del sacerdocio, o del diaconado permanente, o bien en la vida consagrada, religiosa o secular: cada vocación es un don inmenso para la Iglesia y para quien la acoge con alegría”.
Es de este conocimiento de donde nace la confianza en el Señor y se descubre cada día que la vida es “un continuo confiar y confiarse al Señor, incluso cuando sus planes trastocan los nuestros”. Como San José, “un icono de confianza total en el diseño de Dios”, y como el Jubileo de la Esperanza ha enseñado: “es necesario cultivar una confianza firme y estable en las promesas de Dios, sin ceder nunca a la desesperación”.
La vocación, por tanto, no es una meta alcanzada de una vez para siempre. De hecho, es “un proceso dinámico de maduración, favorecido por la intimidad con el Señor: estar con Jesús, dejar actuar al Espíritu Santo en el corazón y en las situaciones de la vida y releer todo a la luz del don recibido”. En este camino continuo de maduración, subraya el Papa, “¡cuán precioso es tener una guía espiritual válida que acompañe el descubrimiento y el desarrollo de nuestra vocación!”, que acompañe en el discernimiento y en la verificación a la luz del Espíritu Santo.
El Capítulo General XXIV del Instituto FMA ha asumido como primera opción prioritaria del sexenio el aspecto vocacional: “Reavivamos y testimoniamos juntas la belleza de la vocación salesiana poniéndonos en estado de formación continua para un renovado impulso vocacional”. La atención a cuidar la propia vocación se convierte, por tanto, en atención para que los jóvenes puedan “descubrir el misterio de Dios presente en su existencia y las riquezas de la vida bautismal” (Const. 69) y “discernir el diseño de Dios sobre la propia vida y asumirlo como una misión” (Const. 72).
El Ámbito para la Pastoral Juvenil del Instituto ha asumido como uno de los focos de su animación para el sexenio el lema “juntos para promover la cultura vocacional”. En esta dirección, la celebración anual de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones constituye un momento fuerte para reforzar este compromiso.
Este año, el Ámbito PJ ha preparado 4 Fichas en 5 idiomas, que retoman las 4 partes del Mensaje. Cada ficha propone pistas sencillas:
- Breve reflexión sobre un tema.
- Compartir en grupo.
- Pasar a la acción.
- Oración.
“Acojamos la invitación a dejarnos fascinar por el ‘Pastor bello’, Jesús, y en Él continuemos el camino de descubrir que la vida es realmente bella si se le sigue”. Es el deseo de sor Runita Galve Borja, Consejera para la Pastoral Juvenil.



















This is a thoughtful and uplifting reflection that beautifully highlights the significance of praying for vocations in the life of the Church. It offers a clear and inspiring call to discernment, service, and generosity in responding to God’s invitation. Warm and meaningful, it encourages a renewed awareness of vocation as a shared responsibility and a living expression of faith.