Myanmar. En sus recientes declaraciones a la Agencia Fides (12 de febrero de 2026) y a otras agencias informativas, el Cardenal Charles Maung Bo, Salesiano de Don Bosco y Arzobispo de Yangon (Myanmar), pone de relieve la situación del país asiático, afligido por una guerra civil —en curso desde febrero de 2021— que no muestra signos de conclusión y marcada por una crisis económica, social, sanitaria y educativa, con más de 3,5 millones de desplazados y muchos jóvenes obligados a huir al extranjero.
El Cardenal ha advertido repetidamente que “Myanmar está atravesando una ‘policrisis’: una crisis económica, con el aumento de los precios; una crisis a causa de la pérdida de oportunidades de trabajo; una crisis social, con millones de desplazados y jóvenes en fuga; una crisis sanitaria básica; y una crisis educativa, con una generación que ha perdido cinco años de escuela”.
Cinco años después del golpe de estado militar, el país está marcado por el miedo, el cansancio y una profunda incertidumbre, especialmente entre los jóvenes. “La esperanza”, observó el Cardenal, “no ha muerto, pero está crucificada”.
Jóvenes bajo presión
El Cardenal Bo reconoció que el estado de ánimo general varía según las experiencias personales y la proximidad a la violencia. Entre los jóvenes, la vida cotidiana está cada vez más definida por la inseguridad, el estrés psicológico y la pérdida de confianza en el futuro. Muchos viven con el miedo constante por su propia seguridad debido al conflicto, la violencia generalizada, la inestabilidad económica y el riesgo de reclutamiento forzado.
Pérdida de educación y trabajo
Los años de desórdenes han erosionado la educación, las perspectivas de trabajo y la vida social normal. Muchos jóvenes expresan frustración, tristeza e impotencia. Sin embargo, el Cardenal destacó también signos de resiliencia: algunos continúan creyendo en un futuro mejor, invirtiendo en el estudio y en nuevas competencias, incluidas las tecnologías digitales.
Esperanza crucificada, pero viva
A pesar de todo, el cardenal insiste en que la esperanza sigue siendo posible: “No es un optimismo ingenuo, sino esperanza cristiana nacida de la Cruz y de la Resurrección”. El pueblo de Myanmar ha perdido muchas seguridades —paz, estabilidad, atención internacional—, pero no ha perdido la presencia de Dios.
Esta presencia se manifiesta en los pueblos desplazados, en los campos para internos y en la resistencia silenciosa de familias, catequistas y religiosos que continúan sirviendo. Las familias comparten lo poco que tienen, los jóvenes se ofrecen como voluntarios y no renuncian a sus sueños. Son “signos del Evangelio”, como la semilla de mostaza.
No olvidados por Dios
Muchos en Myanmar se sienten olvidados por el mundo, pero no por Dios. “Myanmar puede parecer descuidado, pero no está olvidado en el plan de Dios”, dijo el Cardenal. La Iglesia continúa invocando el fin de la violencia y la reconciliación fundada en la justicia, el perdón y la compasión. Iniciativas interreligiosas reúnen a cristianos, budistas, musulmanes e hindúes en oraciones comunes por la paz. El Cardenal reiteró que Myanmar no es olvidado por la Santa Sede: el Papa está profundamente preocupado y lo demuestra con insistentes llamados a la paz, al diálogo y a la protección de los civiles.
“Hermanos y hermanas, os invito a uniros a mi oración por quienes son probados por los conflictos armados en diversas partes del mundo; pienso en particular en Myanmar y exhorto a la Comunidad Internacional a no olvidar a la población birmana y a proporcionar la necesaria asistencia humanitaria” (Audiencia general, 5 de noviembre de 2025).
Finalmente, el Cardenal Bo invitó a la perseverancia en la fe y en la esperanza: “Perder la esperanza significaría entregar el futuro a la violencia y a la desesperación. Nosotros esperamos no porque la situación sea fácil, sino porque Dios es fiel”.
Mientras tanto, los bombardeos no cesan y en muchos pueblos, donde se encuentran también familiares de las Hijas de María Auxiliadora y de las Novicias de la Inspectoría María Nuestro Auxilio (CMY), muchas viviendas son quemadas y destruidas, obligando a la población a huir:
“En mi pueblo, la guerra civil se ha vuelto muy intensa. Mis hermanas mayores, mis tíos y muchos de nuestros parientes tienen casas a lo largo de la carretera principal. He sabido que algunas casas han sido quemadas desde el 5 de febrero, incluida la de mi tío y las de algunos parientes. También la iglesia católica cerca de nuestro pueblo ha sido incendiada”.
“Desde ayer, las casas cerca de la nuestra han sido destruidas por las bombas. Mi hermano me dijo que no ha quedado nadie en el pueblo; todos han escapado, incluidos ellos. Añadió que no sabe qué pasará con nuestra casa, ya que los bombardeos todavía continúan”.
El Instituto FMA continúa asegurando a Myanmar su cercanía y, a las puertas del tiempo de Cuaresma, invita a las Comunidades Educativas a unirse con la oración, la renuncia y la solidaridad concreta, para alimentar la esperanza de un futuro de paz para esta y otras poblaciones postradas por los conflictos.
Es posible enviar contribuciones y donaciones en las modalidades indicadas en el Sito web del Instituto FMA, designando en el motivo: Emergencia Myanmar.


















