Roma (Italia). El 2 de febrero de 2026 Papa León XIV ha presieduto la Celebración Eucarística en la Fiesta de la Presentación del Señor y XXX Jornada de la Vida Consagrada, en una Basílica de San Pedro “iluminada” por cientos de consagrados y consagradas, entre los cuales la Superiora General del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, Madre Chiara Cazzuola, las Consejeras Generales y numerosas FMA de toda Roma, el Card. Ángel Fernández Artime, SDB, Pro-Prefecto del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (DIVCSVA), el Rector Mayor de la Congregación Salesiana, Don Fabio Attard, y diversos miembros de la Familia Salesiana.

La Celebración ha sido precedida por la bendición de las velas por parte del Santo Padre y encendidas al exterior de la Basílica, llevadas después en procesión a lo largo de la nave central hacia el altar, para recordar que Jesús es “luz de las gentes”. Con el rito de la presentación al templo, de hecho, Jesús “se sometía a las prescripciones de la Ley, pero en realidad venía al encuentro de su pueblo, que lo esperaba con fe”.

Una de las velas ha sido llevada por sor Lucrecia Uribe, FMA, colaboradora del Ámbito para la Familia Salesiana, mientras que la Primera Lectura, en lengua española, ha sido leída por sor Maria Eugenia Arenas Gomez, FMA, del DIVCSVA.

En la homilía, la “profecía” de la Vida Consagrada ha resonado en las palabras de Papa León, que ha recordado la inolvidable exhortación del Papa Francisco “Despertad al mundo, porque la nota que caracteriza la vida consagrada es la profecía”, de la Carta Apostólica con ocasión del Año de la Vida Consagrada. “Queridísimos, queridísimas, la Iglesia os pide ser profetas: mensajeros y mensajeras que anuncian la presencia del Señor y preparan su camino”, ha añadido.

Parafraseando las expresiones del profeta Malaquías, ha precisado que “ en la primera lectura, se les invita a hacerse, en su generoso “vaciarse” por el Señor, braseros para el fuego del Fundidor y vasijas para la lejía del Lavandero (cfr. Mal 3,1-3), para que Cristo, único y eterno Ángel de la Alianza, presente también hoy entre los hombres, pueda fundir y purificar los corazones con su amor, con su gracia y con su misericordia. Y esto están llamados a hacerlo, ante todo, mediante el sacrificio de su existencia, arraigados en la oración y dispuestos a consumirse en la caridad”.

Cada consagrado y consagrada se ha sentido después interpelado/a personalmente cuando ha mencionado a sus propios Fundadores y Fundadoras que, “dóciles a la acción del Espíritu Santo, os han dejado modelos maravillosos de cómo vivir fácticamente este mandato.

En continua tensión entre tierra y Cielo, ellos con fe y coraje se han dejado transportar, partiendo de la Mesa Eucarística, quién al silencio de los claustros, quién a los desafíos del apostolado, quién a la enseñanza en las escuelas, quién a la miseria de las calles, quién a las fatigas de la misión. Y con la misma fe han vuelto, cada vez, humildemente y sabiamente, a los pies de la Cruz y ante el Tabernáculo, para ofrecer todo y rencontrar en Dios la fuente y la meta de cada una de sus acciones.

Con la fuerza de la gracia se han lanzado también a empresas arriesgadas, haciéndose presencia orante en ambientes hostiles e indiferentes, mano generosa y hombro amigo en contextos de degradación y de abandono, testimonio de paz y de reconciliación en medio de escenarios de guerra y de odio, listos también a sufrir las consecuencias de un actuar contracorriente que los ha hecho en Cristo ‘signo de contradicción’ (Lc 2,34), a veces hasta el martirio”.

De ellos, como de los “tantos hermanos y hermanas que nos han precedido”, cada uno/a recoge el testigo de esta tradición profética para llevar adelante:

“También hoy, en efecto, con la profesión de los consejos evangélicos y con los múltiples servicios de caridad que ofrecen, están llamados a testimoniar, en una sociedad donde fe y vida parecen alejarse cada vez más una de la otra en nombre de una concepción falsa y reductiva de la persona, que Dios está presente en la historia como salvación para todos los pueblos (cf. Lc 2,30-31). A dar testimonio de que el joven, el anciano, el pobre, el enfermo, el encarcelado, tienen, ante todo, un lugar sagrado propio, en su Altar y en su Corazón, y que, al mismo tiempo, cada uno de ellos es santuario inviolable de su presencia, ante el cual hemos de arrodillarnos para encontrarlo, adorarlo y glorificarlo”.

El Papa ha terminado la homilía agradeciendo a todas las consagradas y los consagrados por su presencia, alentándoles a ser, “allá donde la Providencia os envíe, fermento de paz y signo de esperanza” y encomendando su labor “a la intercesión de María Santísima y de todos vuestros santos Fundadores y Fundadoras, mientras sobre el Altar renovamos juntos la ofrenda a Dios de nuestra vida”.

La Celebración ha sido, para quien ha participado y también para quien ha seguido desde casa, “una caricia de Dios”, un momento “privilegiado” en el que sentirse, en la diversidad y belleza de los multiformes Carismas generados por el Espíritu Santo, unidas y unidos en la misma “profecía” confiada, como ha recordado Papa León, a “hombres y mujeres con los pies bien plantados en la tierra, pero al mismo tiempo constantemente dirigidos a los bienes eternos”.

Saliendo de la Basílica, se ha tenido la experiencia de confluir en un “único río” – en el cual se saludaban y se deseaban “buena Fiesta” a pesar de no conocerse – manifestando a todos la alegría de ser consagrados/as.

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