Roma (Italia). El 18 de mayo de 2025, alrededor de 200 mil fieles de todo el mundo se reunieron en la Plaza de San Pedro desde las primeras horas de la mañana para celebrar un evento histórico: el inicio del ministerio petrino del 267º Pontífice León XIV, elegido por el Cónclave el 8 de mayo.

Una hora antes de la Celebración, el primer «abrazo de la multitud» —colorido también por las capas de las Cofradías llegadas a Roma para su Jubileo— se dio con un recorrido en el Papamóvil por la Plaza y la “Via della Conciliazione”, recibiendo el apoyo y el afecto para este inmenso mandato. En la Plaza estaban presentes varias Hijas de María Auxiliadora, miembros de la Familia Salesiana y jóvenes de la Consulta Italia del Movimiento Juvenil Salesiano.

El rito comenzó dentro de la Basílica, con el descenso al Sepulcro de San Pedro, del nuevo Romano Pontífice, acompañado por los Patriarcas de las Iglesias Orientales, donde se detuvo en oración, subrayando el estrecho vínculo del Obispo de Roma con el Apóstol Pedro. Luego incensó el «Trophæum» Apostólico, mientras los diáconos tomaban el Palio pastoral, el Anillo del Pescador y el Libro de los Evangelios, símbolos del Pontificado, para llevarlos juntos en la procesión que luego se dirigió hacia el altar en el atrio de la Basílica, al canto de las Laudes Regiæ, según una tradición casi imperial, para invocar la intercesión de los Pontífices, de los mártires y de los santos y santas de la Iglesia.

Como para un Jefe de Estado, en el atrio lo esperaban 150 delegaciones de todo el mundo —incluidos el Presidente de la República Italiana y el presidente del Consejo, el Presidente de la República del Perú, el vicepresidente y el Secretario de Estado de los Estados Unidos de América, los Presidentes de Ucrania e Israel, los soberanos de España y de Bélgica, el príncipe de Mónaco—, además de representantes de la comunidad judía y de las principales religiones: musulmanes, hindúes, budistas, sikhs y otros.

La liturgia continuó con la bendición del agua, signo de renovación y memoria del Bautismo, y la aspersión de los fieles por parte del Santo Padre. A la Liturgia de la Palabra, con el Evangelio cantado primero en latín y luego en griego, siguió el momento más conmovedor de toda la Celebración: la imposición del Palio, confeccionado con lana de corderos, en alusión al Buen Pastor, y la entrega del Anillo del Pescador, el sello en el que está representada la imagen de San Pedro con las llaves y la red, por parte de tres Cardenales de los tres Órdenes —Diáconos, Presbíteros y Obispos— y de diversos continentes, a un Pontífice visiblemente conmovido. Luego le prestaron obediencia 12 representantes del Pueblo de Dios, de varias partes del mundo, entre ellos la hermana Oonah O’Shea, recién elegida Presidenta de la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG), y el padre Arturo Sosa, presidente de la Unión de Superiores Generales (USG), una pareja de esposos y dos jóvenes.

«He sido elegido sin ningún mérito y, con temor y temblor, vengo a ustedes como un hermano que quiere hacerse siervo de vuestra fe y de vuestra alegría, caminando con ustedes por el camino del amor de Dios, que nos quiere a todos unidos en una única familia», declaró posteriormente en la homilía, después de recordar el tiempo particularmente intenso que precedió a este momento, con la muerte del Papa Francisco —vivido en la certeza pascual «de que el Señor nunca abandona a su pueblo»— y la experiencia del Cónclave, en el que los Cardenales se sintieron acompañados por la oración de los fieles y sostenidos por el Espíritu Santo, que «supo armonizar los diferentes instrumentos musicales, haciendo vibrar las cuerdas de nuestro corazón en una única melodía».

«Amor y unidad«, fueron las otras palabras que resonaron, «las dos dimensiones de la misión confiada a Pedro por Jesús», representadas en el tapiz de la pesca milagrosa a espaldas del Papa, en el que el discípulo es llamado a «llevar adelante esta misión, echar siempre y de nuevo la red para sumergir en las aguas del mundo la esperanza del Evangelio, navegar en el mar de la vida para que todos puedan reencontrarse en el abrazo de Dios».

Después de comentar el Evangelio en el que Jesús pide a Pedro un amor oblativo y le confía «la tarea de ‘amar más’ y de dar su vida por el rebaño», sin ceder nunca «a la tentación de ser un caudillo solitario o un jefe puesto por encima de los demás, haciéndose dueño de las personas a él confiadas», sino caminando junto al rebaño, para «construir el edificio de Dios en la comunión fraterna, en la armonía del Espíritu, en la convivencia de las diversidades», expresó un primer gran deseo, que no definió solo como «suyo», sino «nuestro»: «una Iglesia unida, signo de unidad y de comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado.

En este nuestro tiempo, vemos aún demasiada discordia, demasiadas heridas causadas por el odio, la violencia, los prejuicios, el miedo al diferente, por un paradigma económico que explota los recursos de la Tierra y margina a los más pobres. Y nosotros queremos ser, dentro de esta masa, una pequeña levadura de unidad, de comunión, de fraternidad. Queremos decir al mundo, con humildad y con alegría: ¡miren a Cristo! ¡Acérquense a Él! ¡Acoged su Palabra que ilumina y consuela! Escuchen su propuesta de amor para convertirse en su única familia: en el único Cristo somos uno

Es el lema que él ha elegido para su Pontificado –«In Illo uno unum», de las palabras de San Agustín– con el cual delinea un camino a recorrer «juntos entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes recorren otros caminos religiosos, con quienes cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y los hombres de buena voluntad, para construir un mundo nuevo en el que reine la paz.

Este es el espíritu misionero que debe animarnos, sin encerrarnos en nuestro pequeño grupo ni sentirnos superiores al mundo; estamos llamados a ofrecer a todos el amor de Dios, para que se realice esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo”. (texto homilía)

Y finalmente la síntesis programática del Pontificado:

«Con la luz y la fuerza del Espíritu Santo, construyamos una Iglesia fundada en el amor de Dios y signo de unidad, una Iglesia misionera, que abre los brazos al mundo, que anuncia la Palabra, que se deja inquietar por la historia, y que se convierte en levadura de concordia para la humanidad. Juntos, como un único pueblo, como hermanos todos, caminemos al encuentro de Dios y amémonos mutuamente entre nosotros«.

Al final de la Celebración, antes del Regina Coeli, el Papa León XIV recordó a los hermanos y hermanas que sufren a causa de los conflictos, en particular a los niños, las familias, los ancianos, implorando la intercesión de María Madre del Buen Consejo, cuya imagen había venerado, dirigiéndose al Santuario de Genazzano, a cargo de los agustinos, el 10 de mayo, presente también durante la Celebración en el cuadro junto al altar:

«mientras encomendamos a María el servicio del Obispo de Roma, Pastor de la Iglesia universal, desde la ‘barca de Pedro’ la miramos a Ella, Estrella del Mar, Madre del Buen Consejo, como signo de esperanza. Imploramos de su intercesión el don de la paz, el apoyo y el consuelo para quien sufre, la gracia, para todos nosotros, de ser testigos del Señor Resucitado«.

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