Roma (Italia). El 10 de enero de 2026, en un Aula Pablo VI que no pudo contener a más de 7.000 personas, el Papa León XIV se encontró con las realidades juveniles de la Diócesis de Roma: desde grupos de catequesis hasta parroquias, desde movimientos y asociaciones hasta sociedades deportivas católicas, además de estudiantes universitarios y jóvenes residentes fuera de su hogar. También estuvieron presentes algunas Hijas de María Auxiliadora y jóvenes de las parroquias salesianas.
La llegada del Papa León a la Sala Nervi se prolongó debido a su paso por la plaza exterior y el atrio de San Pedro, para saludar y dar la bienvenida a todos aquellos que se habían quedado fuera, frente a las pantallas gigantes.
Acompañándolos y dirigiendo el saludo al Santo Padre se encontraba el Cardenal vicario Baldo Reina, quien habló de un encuentro deseado por los mismos jóvenes tras su Jubileo en Tor Vergata, donde acogieron en las parroquias y a través del voluntariado a muchísimos coetáneos de todo el mundo, quienes pudieron encontrar así “un rostro hermoso de la Iglesia, una Iglesia que sonríe, que reza, que acoge, que vive una bella y profunda solidaridad”.
En Tor Vergata, el Papa había exhortado a los jóvenes a tener el valor de ser santos: “Hoy estamos aquí porque, al encontrarnos con usted, deseamos ser confirmados en este deseo y propósito de santidad”, explicó el Cardenal. Antes de mostrar un video sobre el Jubileo, recordó también a los jóvenes que viven situaciones de sufrimiento, que han tomado caminos equivocados o atraviesan situaciones de malestar físico y mental, además de los jóvenes fallecidos en el incendio de Crans-Montana, en Suiza, durante la víspera de Año Nuevo.
“Querido Papa León, te queremos, no estás solo”. Estas fueron las primeras palabras dirigidas al Santo Padre por Matteo, un joven de la Pastoral Juvenil, en nombre de sus compañeros, relatando el malestar y la soledad, pero también la alegría de volver a encontrarse tras el Jubileo.
“Nos sentimos solos y, sin embargo, estamos aquí… Estar aquí hoy es un milagro. Es un milagro volver a ver a amigos que no veía hace mucho tiempo, ver a sacerdotes, religiosas, consagrados, obispos y cardenales en una Iglesia unida. Es un milagro ver a jóvenes rezando, abrazos dados y recibidos… es un milagro que calienta mi vida y mi corazón. Querido Papa León, hoy estamos aquí para decir sí a la paz, sí al amor, sí a la mano tendida a quien se siente solo, sí a Jesús”.
Matteo expresó la alegría y el agradecimiento por haber tenido la gracia de contribuir en la organización del Jubileo: “Ha sido un año hermosísimo… Este año, aquí en Roma, he visto a personas darlo todo: tiempo, dinero, amor. He visto personas cambiar, personas volver a creer. He visto a quienes no tenían nada compartir lo poco que tenían. He visto a personas dar su propia vida para que todos pudieran sentirse en casa. He sentido a Roma, a la Iglesia y a Dios como un hogar”.
Antes de pedirle un abrazo al Papa León, formuló su pregunta: “Qué desea el Papa, nuestro Obispo, ¿de nosotros y para nosotros?”.
Michela y Francesca, hermanas criadas en la parroquia de Santa Giulia, compartieron a su vez su experiencia: “Fuera de la parroquia, el mundo se presenta con otros valores: dominado por el rendimiento. El individuo es impulsado a ser constantemente eficiente, midiendo su valor en términos de resultados, éxito y visibilidad, esta última amplificada por las redes sociales”.
De ahí surgieron sus preguntas: “¿Cuánto cree que la elección personal de vivir relaciones evangélicas auténticas y solidarias puede convertirse en una semilla capaz de transformar la sociedad y contrastar las lógicas de conflicto que dominan el mundo? ¿Cómo lograr que la fuerza luminosa del Evangelio que ilumina nuestras relaciones traspase el límite de nuestras amistades personales y llegue a cambiar el mundo entero?”.
Finalmente, Francesco, estudiante universitario, habló de su generación, que vive el miedo al abandono, que tiene todas las posibilidades pero le cuesta elegir, que prefiere la inacción al error; una generación que vive el perfeccionismo, la competencia y la rivalidad: “quien se equivoca está perdido. Nos encontramos sin una meta, sin saber qué camino tomar entre todos los que tenemos delante, viviendo una fuerte angustia”, especialmente en el mundo universitario respecto a las calificaciones. “¿Qué podemos hacer de concreto para romper estas cadenas que nos oprimen, para salvarnos de este cansancio que perturba nuestra esencia más íntima y volver a incendiar el mundo? ¿Cómo podemos dejar de postergar y volver a vivir de verdad?”, fue su pregunta.
Con una sonrisa paterna, el Papa León expresó nuevamente la alegría de compartir esta búsqueda, este deseo de los jóvenes de encontrar respuestas, y con mucha sencillez relató la pregunta de una sobrina suya, escuchada poco antes por teléfono: “Tío, ¿cómo haces con tantos problemas del mundo, con tantas preocupaciones? ¿No te sientes solo? ¿Cómo haces para sacar todo adelante?”.
“¡La respuesta —dijo el Papa— en gran parte son ustedes! ¡Porque no estamos solos!”.
“¡No estamos solos!” es el mensaje principal que surge del discurso tan sentido con el que se hizo cercano a los jóvenes: “Cuando este gris empaña los colores de la vida, vemos que se puede estar aislado incluso en medio de muchas personas. Es más, precisamente así la soledad muestra su peor rostro: no se es escuchado, por estar sumergido en el estruendo de las opiniones; no se mira nada, por estar deslumbrado por imágenes fragmentarias. Una vida de links sin relación o de likes sin afecto nos defrauda, porque estamos hechos para la verdad: cuando falta, sufrimos. Estamos hechos para el bien, pero las máscaras del placer de usar y tirar traicionan nuestro deseo”.
Precisamente en ese deseo, en esa sed de verdad, invitó a encontrar respuestas: “Somos criaturas únicas entre todas, porque llevamos en nosotros la imagen de Dios, que es relación de vida, de amor y de salvación. Entonces, cuando te sientas solo, recuerda que Dios no te deja nunca. Su compañía se convierte en la fuerza para dar el primer paso hacia quien está solo y, sin embargo, está justo a tu lado”.
Sus palabras no fueron de desencanto, sino de aliento para encontrar en uno mismo los recursos para cambiar el mundo: “No esperen que el mundo los reciba con los brazos abiertos: la publicidad, que debe vender algo para consumir, tiene más audiencia que el testimonio, que quiere construir amistades sinceras. Actúen, pues, con alegría y tenacidad, sabiendo que para cambiar la sociedad hace falta, ante todo, cambiarnos a nosotros mismos. (…) ¡Así podemos cambiar el mundo, así podemos construir un mundo de paz!”.
¿Qué desea el Papa para los jóvenes? “En mis oraciones pido para cada uno una vida buena y verdadera, según la voluntad de Dios. En resumen, espero para todos una vida santa”, que es también una vida “sana”.
El Papa León concluyó alentando nuevamente a cultivar la amistad con Jesús, “nuestra estrella polar”, y a rezar, “el acto más concreto que el cristiano hace por el bien de quien está a su lado, de sí mismo y del mundo entero”, porque “¡para incendiar el mundo hace falta un corazón ardiente!”.
Tras un canto dirigido por Mons. Marco Frisina, un Padre Nuestro rezado juntos y la bendición, el Santo Padre deseó a todos un “buen camino” y se entretuvo con la calma y el cariño de un padre a saludar a los jóvenes con discapacidad en sillas de ruedas, a los niños y a cuantos encontró en su trayecto, en una fiesta de cantos, pancartas y teléfonos inteligentes en alto para inmortalizar el momento.


















