Rivista DMA

Tenemos palabras en común

Tenemos palabras en común “… En este magnífico planeta del que todos somos responsables hay sitio para todos, pero no hay sitio para las guerras y para los que matan a los propios semejantes”. Con estas palabras Bartolomé I, Patriarca ecuménico de Constantinopla, terminó su intervención en el Parlamento Europeo el pasado 24 de septiembre. Habló de la “necesidad del diálogo entre los fieles y las culturas para construir un ecumene de paz”. Con valentía afrontó el tema del fundamentalismo y del nacionalismo extremista, a menudo terreno de atrocidades, a las que se contrapone el diálogo intercultural como raíz del significado de “ser humano”. A  falta de este diálogo, afirmó, las diferencias en la familia humana se reducen a la “objetivación” del otro. Por eso, Bartolomé I sostuvo que es importante instaurar una comprensión profunda de la interdependencia de cada individuo con los otros individuos.
En estos últimos años, la línea magisterial de la Iglesia, a través de los Papas y de muchos organismos eclesiales, ofrece numerosos contributos y orientaciones sobre la urgencia evangélica del diálogo entre las distintas religiones y profesiones de fe. Emblemático el encuentro de Asís de 1987, presidido por Juan Pablo II con la participación de representantes de religiones de todo el mundo. La asamblea del CG XXII ha tenido presente la realidad del diálogo interreligioso, considerándola un signo de los tiempos y ha elaborado las reflexiones hechas al propósito en las Inspectorías en el período de preparación. Las síntesis contenidas en el “Instrumento de trabajo” manifiestan que en muchas partes del Instituto se está encaminando una programación pastoral sistemática para educar a reconocer la interdependencia entre los pueblos, aceptar la realidad multicultural y multirreligiosa en que vivimos y llegar gradualmente a un diálogo en reciprocidad con hermanos y hermanas de fe distinta.

Como cristianas y como religiosas tenemos un mandato; no desmayar en la tarea de anunciar el Evangelio, pero a la vez establecer una buena comunicación con todos y ofrecer el testimonio de una vida coherente. Nuestra tarea es ser mujeres de comunión, que saben hacerse “prójimo” y hablan el idioma del otro. Un gran camino para el diálogo es la solidaridad espiritual: llevar delante de Dios a los propios hermanos y hermanas de otra fe, con sus preocupaciones, angustias, aspiraciones. La certeza que nos anima es el constatar que es mucho más ”lo que nos une que lo que nos separa” y que tenemos muchas palabras en común con cada ser humano, hijo o hija de Dios que es Padre de todas sus criaturas.

gteruggi@cgfma.org

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