Rivista DMA

También depende de mí

Hay un único hilo conductor en este número de la Revista. Lo podemos denominar “conversión ecológica”, para indicar la responsabilidad de todos respecto al universo y el uso de las cosas. Una llamada que orienta a lo esencial como estilo de vida, para salvar los recursos del universo y compartirlos con los más pobres. Para nosotros, una provocación para reflexionar sobre nuestras opciones como mujeres en el seguimiento de un Maestro pobre.
“Poseo de forma auténtica no las cosas que retengo para mí, sino las que doy. Daré antes de ser rogado, antes bien anticiparé las justas peticiones. Si vivo de esta manera, las riquezas serán mías; sino seré yo el que pertenezca a mis riquezas”. Así escribía Séneca al amigo Lucilio; expresiones de sabor bíblico y de fuerte actualidad. Elegir no dejarse poseer por las cosas es conversión ecológica. Una manera para prevenir catástrofes mundiales consideradas posibles por muchos: nuevas enfermedades, hambre, modificaciones del ecosistema y del territorio hasta hacer imposible la vida en el planeta Tierra.
Resultan obvias algunas consideraciones que, en cambio, tendrían que quemarnos el corazón y las manos. Para citar algunas de ellas: los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos; el 20% de la población sobre la tierra posee el 82.7% de los recursos mundiales; estamos encaminados hacia tres grandes emergencias: energía, alimento, agua. No obstante esto, si miramos alrededor, y también dentro de nuestras realidades, parece que todo tenga que continuar como siempre. La sociedad del consumo, en el fondo, nos avala ampliamente. El imperialismo económico envuelve a personas y estructuras.
“El sistema del consumismo -subrayaba Tiziano Terzani - te seduce para querer también lo que tú no querrías”. Y conversando con el hijo, poco antes de la muerte en 2005, el periodista notaba: “El hombre ya está oprimido por la economía. ésta, a mi modo de ver, será la gran batalla del futuro; la batalla para el regreso de una forma de espiritualidad. Se necesitan nuevos modelos de desarrollo. No sólo crecimiento, sino sobriedad. Ves, yo digo que hay que liberarse de los deseos.
Tú, yo, cada persona: ¿qué podemos hacer? Mejorar el mundo, en efecto, depende también de mí, de ti. Hay una estrategia accesible y eficaz, la liliputiense, que puede indicarnos una pista a recorrer. Se rige en la convicción de que todo cambio parte de la conciencia personal. De la libre decisión del particular. Se trata de gestos concretos, cotidianos de sobriedad, de determinación a no padecer la fascinación del poseer. A veces se requieren gestos valientes de denuncia y de boicot de determinados productos. Se trata de contestar la lógica indicada por el lema que hoy prevalece: más rápido, más alto, más fuerte. Para preferir la alternativa más lento, más profundo, más humano.
Es la “conversión ecológica” a la que orienta el Evangelio, y es profecía.

gteruggi@cgfma.org

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